
Se supone que el tiempo es inexorable, implacable, y, sobre todo, totalmente fiable. Y si hablamos del tiempo oficial de Estados Unidos, que se transmite a todo el planeta para coordinar desde las bolsas de valores hasta los sistemas de navegación, la fiabilidad debería estar garantizada por un complejo artefacto conocido como el Reloj Atómico NIST-F1.
Pero, como ya sabéis, la vida es una caja de sorpresas, y a veces, incluso el árbitro del tiempo puede tropezar con la clásica piel de plátano. El escenario de esta humillación temporal fue Boulder, Colorado, donde una serie de cortes de energía y fluctuaciones en la red eléctrica, cortesía de tormentas o de un electricista con prisa, causaron estragos en el preciso cronómetro.
El NIST-F1, que usa átomos de cesio para medir el tiempo con una precisión asombrosa (perdiendo solo un segundo cada cien millones de años, que se dice pronto), no está diseñado para lidiar con el drama de la red eléctrica casera. Aunque los científicos del NIST (Instituto Nacional de Estándares y Tecnología) han instalado sistemas de respaldo, los microcortes o las fluctuaciones rápidas resultaron ser un enemigo inesperado. Estos breves ‘parones’ fueron suficientes para desorientar momentáneamente los circuitos del reloj, causando que perdiera la cuenta de unos poquitos segundos.
Es decir, el mecanismo que usamos para decirle al mundo *cuándo* es ahora mismo, se quedó a oscuras por un momento y, al volver, estaba tan confuso como tú un lunes por la mañana. Aunque la desviación fue mínima en términos absolutos, estamos hablando de la precisión del tiempo oficial, lo que generó un pequeño caos y un dolor de cabeza considerable para los científicos que tuvieron que recalibrar y asegurar que el tiempo transmitido fuera, de nuevo, perfecto. La moraleja, amigos, es que ni los relojes atómicos se libran de tener un mal día cuando la compañía eléctrica decide jugar al escondite.
