El asunto que nos ocupa ocurrió en el Reino Unido allá por la Navidad de 2015, una época que prometía más drama que una película de sobremesa, gracias a la histeria desatada por los medios. La prensa británica, siempre amiga de lo grandilocuente y los titulares de impacto, había bautizado la llegada de unas fuertes tormentas y consecuentes inundaciones como el mismísimo «Apocalipsis Navideño». Sí, la población se estaba preparando mentalmente para un diluvio de proporciones bíblicas justo cuando tocaba atiborrarse de turrón y escuchar el discurso de la Reina.
La situación llegó a un punto tan elevado de alarma festiva y pánico colectivo que las autoridades se vieron obligadas a intervenir para bajar el nivel de tensión dramática. Y aquí es donde entra en escena nuestro héroe, el meteorólogo Simon Partridge, portavoz del Met Office, la Agencia Meteorológica del Reino Unido.
Con la calma que solo puede tener alguien que vive calculando la vida entre isobaras y anticiclones, Partridge soltó la frase magistral que pasaría a la historia del surrealismo meteorológico: el Apocalipsis, señoras y señores, había sido “cancelado”.
Según explicó el Met Office, aunque las inundaciones seguían siendo una amenaza seria en algunas zonas y se emitieron alertas importantes por la crecida de ríos, la idea de una aniquilación total y absoluta de la Navidad, tal y como la pintaban los tabloides, era sencillamente desproporcionada. Era el equivalente a decir que un pequeño resfriado es la mismísima Peste Negra. Partridge aclaró que, si bien el clima iba a ser muy desagradable para las compras de última hora, no sería el fin del mundo tal y como lo conocemos, permitiendo así que las familias pudieran seguir discutiendo sobre política en la cena sin preocuparse de tener que construir un arca en el jardín.
Esta intervención oficial no solo demostró el poder de los meteorólogos para desautorizar profecías de calamidad inventadas, sino que también sirvió como un recordatorio hilarante de cómo los medios de comunicación pueden pasar de informar sobre un simple chaparrón a profetizar el Armagedón en cuestión de un solo titular. Al final, el tan temido Apocalipsis se quedó en un puñado de charcos gigantes y un fin de semana lluvioso, dejando a los amantes del drama con las ganas y permitiendo que el espíritu navideño (y las ventas de paraguas) sobrevivieran un año más. ¡Gracias, Simon Partridge, por salvar la Navidad con un parte meteorológico!


