¡Atención, conspiranoicos y amantes de la destrucción festiva! Tenemos malas noticias: el Apocalipsis de Navidad ha sido pospuesto, o mejor dicho, cancelado unilateralmente por las autoridades rusas. Y no, no es que Papá Noel se haya quedado sin carbón; es que la gente se lo estaba tomando demasiado en serio.
Resulta que en Rusia, en un momento donde las teorías de catástrofes celestiales todavía coleaban –resaca del famoso ‘Apocalipsis Maya’ de 2012–, surgió un pánico generalizado ante la posibilidad de que el 21 de diciembre (justo antes de las fiestas) llegara la verdadera y temida catástrofe cósmica. La cosa se puso tan seria, con llamadas, especulaciones y la típica histeria colectiva, que requirió la intervención de la ciencia oficial.
Ahí entra en escena nuestro héroe, Yuri Varakin, el jefe del departamento de análisis de Roshydromet, la agencia federal rusa de hidrometeorología y monitoreo ambiental. En lugar de limitarse a dar el pronóstico de nevadas, Varakin tuvo que vestirse de bombero escéptico y apagar el fuego de las profecías. En un acto de servicio público digno de aplauso, emitió un comunicado oficial y tajante: el fin del mundo no está previsto.
Varakin fue muy claro. Si esperabas un cometa asesino o un baño de llamaradas solares que pulverizaran la Tierra justo cuando te preparabas para trinchar el pavo, te has equivocado de fecha. El meteorólogo aseguró que no hay absolutamente ninguna amenaza cósmica o solar que pueda provocar una catástrofe global a corto plazo. Es decir, que podemos seguir decorando el árbol con tranquilidad.
La moraleja de esta historia es que si un país necesita a un meteorólogo para anunciar oficialmente que el mundo no se va a acabar, es que el nivel de estrés pre-navideño ha alcanzado cotas históricamente ridículas. Así que, ya sabéis: a guardar las escopetas anti-zombies y a sacar los villancicos. La única catástrofe inminente será el debate sobre dónde poner al cuñado en la mesa.


