
La fiebre del aceite usado en la Gran Manzana
Olvidaos de los atracos a joyerías o los hackeos informáticos. En Nueva York, la última tendencia criminal consiste en mangar el aceite sucio de las freidoras. Lo que para cualquiera de nosotros es un residuo molesto que huele a calamares, para los delincuentes locales se ha convertido en un negocio redondo. Resulta que el aceite de cocina usado se ha ganado el apodo de oro líquido, y no precisamente por su sabor.
Delincuentes con mucha chispa y poco olfato
El motivo de este interés tan peculiar es el auge de los combustibles renovables. El aceite de fritanga es la materia prima ideal para fabricar biodiésel, y su precio se ha triplicado en los últimos tiempos. Los ladrones, ni cortos ni perezosos, utilizan furgonetas equipadas con potentes sistemas de succión para vaciar los depósitos que los restaurantes guardan en sus callejones. Es un crimen invisible: llegan de noche, aspiran el botín y desaparecen antes de que alguien note que falta la grasa.
Un golpe bajo para los hosteleros
Aunque parezca una broma, para los dueños de los locales no tiene ninguna gracia. Muchos establecimientos tienen contratos con empresas legítimas que les pagan por retirar ese residuo. Algunos hosteleros denuncian pérdidas de entre 1.000 y 1.500 dólares mensuales por culpa de estos robos. La policía neoyorquina ya está investigando estas redes de estraperlo de grasa, que operan con una logística sorprendentemente avanzada, dejando a los chefs con las freidoras vacías y un cabreo monumental.
