Si pensabas que el trabajo en la sala de urgencias era solo curar catarros y esguinces, prepárate para ser testigo de la cumbre de lo absurdo burocrático. El Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, que se toma muy en serio la salud pública, también rastrea los incidentes más bizarros de la humanidad, y eso incluye, por supuesto, lo que la gente decide meterse por donde la espalda pierde su nombre.
Gracias a los siempre precisos, aunque aterradores, códigos de la Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD-10), en concreto el grupo W44.AXXA, podemos tener una visión detallada de los cuerpos extraños que han tenido que ser extraídos del recto en un año reciente. Y ojo, porque hablamos de un listado que haría sonrojar al mismísimo Hieronymus Bosch.
La gran revelación es que, sí, la gente mete cosas realmente raras donde no debería. Las estadísticas no mienten. Entre los objetos más populares, encontramos categorías que nos hacen plantearnos si la humanidad va bien de la cabeza. Por ejemplo, los juguetes (esperemos que no de los pequeños), las joyas y las monedas figuran en la lista de favoritos para la aventura rectal. Si alguien necesita guardar su cartera en un lugar seguro, desde luego, elige la máxima seguridad.
Pero la cosa se pone aún más surrealista cuando miramos los objetos que requieren una habilidad y una determinación extremas para acabar en ese lugar. Estamos hablando de pilas, llaves y, atención, ¡bombillas! Sí, has leído bien. Bombillas. Uno se pregunta qué tipo de iluminación buscaban con ese método. Es un nivel de extravagancia que supera la ficción. Además, la categoría de ‘múltiples objetos extraños’ sugiere que, para algunos, la decisión de introducir un solo objeto no era suficiente, optando por el pack completo de la vergüenza en el hospital.
Este informe oficial, que se maneja con la frialdad de las estadísticas, es la prueba irrefutable de que la realidad supera con creces cualquier guion de comedia. Mientras los sanitarios batallan contra pandemias, también tienen que lidiar con la pregunta existencial de: «¿Cómo ha llegado ese objeto exactamente hasta ahí?» Un auténtico manual de lo que no debe hacerse, catalogado y financiado por el erario público. Genialidad pura.




