
¿Qué harías para convencer a una especie desaparecida hace casi dos siglos de que regrese a tu barrio? Si tu respuesta incluye cajas de cartón, esconderte de madrugada y hacer envíos de pescado crudo a través de un buzón, estás en la misma sintonía que los conservacionistas de Dorset, en Inglaterra.

El problema: Machos muy «caseros»
Las águilas pescadoras (ospreys en inglés) llevaban unos 180 años sin criar en la costa sur de Inglaterra. La hembra CJ7 y el macho 022 (sí, nombres muy de película de espías) son la pareja pionera en el puerto de Poole, y todo gracias a un monumental y brillante engaño que comenzó en 2017.
La reintroducción de estas majestuosas aves rapaces es un auténtico rompecabezas. El motivo es simple: los machos padecen de una fuerte filopatría natal. Es decir, son unos nostálgicos empedernidos que siempre vuelven al lugar exacto donde nacieron para formar una familia. Las hembras, más prácticas, simplemente van allá donde hay machos con una buena propiedad.
«Cuando exterminas una población, existen rasgos biológicos que impiden su retorno natural. Son los machos los que establecen los territorios, así que tuvimos que engañarlos a base de bien para que creyeran que este era su sitio de nacimiento», explica Paul Morton, fundador de la organización benéfica Birds of Poole Harbour.
La «Operación Engaño»: Pasos para timar a un águila

Sabiendo que las aves ya paraban por allí en su ruta migratoria desde Escocia hacia el norte de África, los expertos dedujeron que había comida de sobra. Solo faltaba convencerlas para quedarse. Así se fraguó el plan maestro:
- El traslado nocturno: Trabajando con expertos en Escocia, seleccionaban polluelos de cinco semanas (incapaces de volar pero que podían comer solos). Los metían individualmente en cajas de cartón que simulaban la textura de un nido y los llevaban de noche por carretera para que el viaje fuera más fresco y tranquilo.
- Falsas familias en pajareras: Al amanecer, llegaban a unas pajareras especiales donde pasaban un par de semanas con otras compañeras de viaje para formar una pequeña familia. El objetivo principal era reducir a cero el contacto con los humanos.
- Servicio de habitaciones a través del buzón: Aquí viene la parte más alucinante de la farsa. Para no ser vistos, los voluntarios picaban cada día entre 9 y 10 kilos de pescado y lo introducían en trocitos a través de una rendija tipo buzón. Todo bajo atenta vigilancia por cámaras de seguridad para comprobar que las aves «comían, hacían caca y aleteaban» sin problemas.
El momento de la verdad: el pescado furtivo
En julio llegaba el momento de soltarlas, anilladas y con transmisores. Pero aquí no acababa el trabajo. Cuando un águila joven vuela por primera vez, sigue regresando al nido unas tres o cuatro veces al día para que le den de comer durante casi un mes.

¿La solución? El equipo se escapaba a hurtadillas cada mañana para colocar peces enteros directamente en los nidos. Si los pájaros volaban hacia el horizonte con el estómago vacío, morirían. Esta fase de alimentación clandestina fue vital para que las aves, al salir a mapear la zona durante agosto o septiembre, se quedaran con un recuerdo imborrable: «Ey, aquí aparece comida mágica y los nidos son comodísimos. Este debe ser mi verdadero hogar».
Un éxito rotundo para la vida silvestre

El plan ha funcionado a las mil maravillas. Ambos machos reproductores que hay hoy en el puerto de Poole provienen de este ingenioso proyecto de translocación. Incluso se ha avistado hace poco a un macho de tres años nacido del mismísimo nido de CJ7 y 022, alimentando la esperanza de que pronto atraiga a alguna despistada hembra de paso.
Y esto no es solo una victoria para las águilas pescadoras. «Es una locura, pero aquí hay una historia mucho mayor», concluye Morton. «En la misma zona y en cuestión de horas hemos llegado a ver águilas de cola blanca, milanos reales y halcones peregrinos… La recuperación de las especies está sucediendo de verdad». ¡A veces, una buena mentirijilla es justo lo que la naturaleza necesita!
