
El corredor de la muerte no es precisamente un restaurante con estrella Michelin, pero la tradición de la última comida nos ha dejado anécdotas culinarias que son tan fascinantes como perturbadoras. Y es que, cuando te enfrentas al final absoluto de tus días, ¿qué pide tu estómago? Algunos optan por banquetes dignos de un rey de la comida rápida, mientras que otros prefieren la sobriedad más absoluta o, directamente, snacks de máquina expendedora.
Hemos recopilado las peticiones gastronómicas más extravagantes y curiosas de algunos de los asesinos en serie más infames de la historia, basándonos en los registros históricos de las prisiones. Prepárate para un viaje entre la criminología y la indigestión.
Los reyes del exceso calórico
Para algunos criminales, la inminencia de la muerte fue la excusa perfecta para saltarse la dieta de forma épica. Total, los niveles de colesterol ya no iban a ser un problema a la mañana siguiente.
- John Wayne Gacy (El Payaso Asesino): Antes de su ejecución por inyección letal en 1994, este infame personaje se pidió un cubo de pollo frito de KFC, 12 gambas fritas, casi medio kilo de fresas, patatas fritas y, en un giro maestro de la ironía, una Diet Coke. Supongo que quería cuidar la línea en el más allá.
- William Bonin (El Asesino de la Autopista): Decidió que su despedida sería toda una fiesta: dos pizzas grandes de pepperoni y salchicha, tres pintas de helado de café y nada menos que tres packs de seis latas de Coca-Cola.
- Michael Durocher: Se tomó la frase de bufet libre muy en serio. Exigió más de dos kilos de gambas fritas, medio litro de helado de chocolate y una botella de dos litros de Pepsi.
- William Paul Thompson: Su último deseo fue directo al grano y letal para las arterias: cuatro hamburguesas dobles con queso y bacon, patatas fritas y una Coca-Cola gigante.
- Sean Sellers: El único ejecutado en EE. UU. por crímenes cometidos con menos de 17 años desde 1976. Su menú fue un auténtico festín de comida china: rollitos de primavera, pollo agridulce, gambas fritas, fideos, y de beber, tres latas de zumo de tomate V8 y un refresco.
Las peticiones más austeras y extrañas
En el otro extremo del espectro gastronómico penitenciario, encontramos a aquellos a los que se les cerró el estómago o que tenían gustos dignos de un estudiante sin un duro a fin de mes.
- Aileen Wuornos: La famosa asesina en la que se basó la película Monster, rechazó cualquier menú especial y se conformó con una humilde taza de café antes de su inyección letal en 2002.
- Velma Barfield (La Abuela del Corredor de la Muerte): Condenada por envenenar a múltiples personas, su paladar exigió algo de lo más informal: una simple bolsa de Cheez Doodles (ganchitos de queso) y una lata de Coca-Cola.
- Douglas Franklin Wright: ¿Un buen filete? ¿Marisco fresco? No. Este hombre pidió como última cena en 1996 un solitario y triste bollo de miel.
- John Martin Scripps: Conocido como el Turista del Infierno, solicitó pizza y chocolate caliente. Una combinación que probablemente ya debería ser considerada un delito por sí misma.
Los clásicos que nunca fallan
A veces, la burocracia penitenciaria, el orgullo del reo o el destino hacen que las últimas comidas sean de lo más terrenales y aburridas.
El menú de la casa
Ted Bundy declinó elegir su última cena, por lo que las autoridades le sirvieron el menú estándar de la prisión de Florida: filete poco hecho, huevos fritos, tostadas, leche y zumo.
Se dice que Bundy ni siquiera probó bocado de aquella bandeja estándar.
El desayuno robado
Jeffrey Dahmer, el infame Caníbal de Milwaukee, no tuvo una ejecución oficial, ya que fue asesinado a golpes por otro recluso en 1994. Su última comida documentada fue simplemente el desayuno normal de la prisión esa misma mañana: huevos, tostadas y cereales. Ni rastro de menús especiales para él.
Extravagancias internacionales y de otra época
Si viajamos en el tiempo, las peticiones cambian de tono, dándole un aire casi literario a los últimos momentos de los condenados.
- Peter Kürten (El Vampiro de Düsseldorf): Antes de perder la cabeza por guillotina en 1931, degustó un menú de lo más elegante: Wiener schnitzel, patatas fritas y una botella de vino blanco. Etiqueta europea hasta el final.
- Véronique Frantz: Una asesina francesa del siglo XIX ejecutada en 1854. Su elección fue típicamente parisina y minimalista: un café au lait y un panecillo.
Al final del día, leer sobre estos peculiares menús nos deja una extraña sensación en el cuerpo. Son un recordatorio de la banalidad humana justo en el borde del abismo final. Sabiendo todo esto, si te tocara elegir tu última comida en la Tierra… ¿pedirías el banquete de tu vida o te dejarías llevar por el antojo de unos buenos ganchitos de queso?
