A veces la realidad supera a la ficción de una manera tan espectacular que parece el guion de una comedia de enredo. Imagina que pones a un pirómano a dirigir el cuerpo de bomberos. Pues algo con un aroma similar acaba de ocurrir en el condado de Fairfax, Virginia, donde la ironía ha decidido presentarse a las elecciones y, por lo que parece, ha ganado por goleada.
El protagonista de nuestra historia es Hans von Spakovsky, un investigador conocido por ser uno de los mayores defensores de la teoría, bastante desacreditada, de que el fraude electoral es un problema masivo en Estados Unidos. ¿Y qué mejor manera de premiar su labor que nombrándole para un puestazo en la junta electoral del condado? Exacto. Von Spakovsky ha sido elegido para un mandato de cuatro años en el organismo encargado de, agárrate, ‘garantizar la imparcialidad y la precisión en las elecciones’ y custodiar el registro de votantes.
Es una de esas decisiones que te dejan parpadeando un par de veces mientras procesas la información. Este señor, que trabaja como investigador en la conservadora Heritage Foundation, tiene un currículum que es, para esta posición, toda una declaración de intenciones. Sus críticos señalan que su carrera se ha basado en publicar investigaciones con metodologías, digamos, ‘creativas’ y datos ‘flexibles’ para demostrar que el fraude electoral campa a sus anchas.
Por ejemplo, en un artículo de 2005, se le acusó de inflar de forma espectacular el número de no ciudadanos registrados para votar, una hazaña numérica digna de un mago. Al parecer, también tiene la habilidad de retorcer el trabajo de otros académicos para que parezca que apoyan sus tesis, aunque ellos digan lo contrario. Su trabajo ha sido la munición perfecta para impulsar leyes de voto más restrictivas por todo el país.
Así que ahí lo tienes: el hombre cuya carrera se basa en la distorsión de datos sobre votantes ha sido puesto al frente de la agencia que recopila y protege esos mismos datos. Un nombramiento realizado por la mayoría republicana del Tribunal del Circuito de Fairfax que demuestra que, a veces, el mejor guardián para el gallinero es, sin duda, el zorro.




