
Imagínate la escena. Sala de prensa. Un portavoz militar, con gesto serio y un puntero láser en la mano, anuncia una operación de éxito. Se ha llevado a cabo un ataque ‘preciso’ y ‘quirúrgico’ contra las instalaciones de Hamás, que se ocultaban vilmente en un hospital de Gaza. Todo muy profesional, muy de película de acción donde los buenos siempre aciertan en la diana.
El comunicado suena impecable, casi tranquilizador. Eficiencia militar en su máxima expresión. Pero entonces, como en un buen guion, llega el giro argumental. La otra parte, Hamás, coge el micrófono y responde. Y su respuesta no es una simple negación, sino una confirmación con un matiz que lo cambia todo: ‘Efectivamente’, vienen a decir, ‘el ataque fue de una precisión asombrosa. Acertaron de lleno en… nuestras instalaciones de rayos X y en la sala de maternidad’.
Y ahí es donde la narrativa se cortocircuita y la seriedad se convierte en un esperpento. Ese ataque de ‘precisión’ milimétrica, de repente, suena un poco diferente. ¿Acaso el GPS militar tenía el día tonto? ¿O es que el concepto de ‘infraestructura enemiga’ se ha vuelto increíblemente flexible hasta incluir incubadoras y equipos de radiografía?
Este cruce de declaraciones, extraído de una noticia que ya tiene sus años pero que no pierde vigencia, es el ejemplo perfecto del teatro mediático que rodea a los conflictos armados. Un bando presume de puntería y el otro le responde con el humor más negro imaginable, señalando que la diana estaba, casualmente, sobre las cunas y las camillas. Es la guerra de la propaganda en su estado más puro y surrealista.
Al final, nos quedamos con una historia que es trágica y absurdamente cómica a la vez. Una lección de cómo, incluso en las situaciones más graves, la comunicación puede derivar en un sketch digno de los Monty Python. Precisión, sí, pero con un asterisco del tamaño de una sala de partos.
