
Imagina la escena: luces, expectación, el futuro de la robótica rusa a punto de desvelarse ante un público ansioso. Presentan al AR-600, un humanoide con aspiraciones de grandeza y, según algunos, cierto parecido al mismísimo presidente Vladimir Putin. El aire vibraba con promesas de discursos elocuentes y capacidades impresionantes, diseñadas para llevar a Rusia a la vanguardia tecnológica. Pero, ay, qué caprichoso es el destino… y a veces, también, la configuración inicial de los robots.
El bochornoso incidente ocurrió en una conferencia de alto nivel en San Petersburgo. El AR-600, posado con lo que se suponía era una imponente presencia sobre su peana, se preparaba para su momento de gloria. Su programación le dictaba iniciar con un rotundo «Hola, mi nombre es AR-600. Puedo hablar de cualquier tema y estoy listo para responder a vuestras preguntas». Unas palabras que, sin duda, habrían dejado boquiabierto al público y habrían cimentado su reputación. Sin embargo, el futuro de la robótica rusa tuvo un pequeño, bueno, grande, traspié.
Apenas consiguió farfullar un «Hola, mi nombre es AR-600. Puedo…» cuando, de repente, la gravedad le jugó una mala pasada, o quizá un cable se le cruzó metafóricamente. Con un estruendo metálico y la elegancia de un saco de patatas, el AR-600 se desplomó de lado sobre su propio soporte, segundos después de haber sido activado. El sueño de la máquina perfecta, literalmente, por los suelos en lo que fue un auténtico «epic fail» robótico.
Los científicos del Centro Estatal de Investigación para Robótica y Cibernética Técnica, responsables de esta creación de unas 30.000 libras (que no es calderilla, precisamente), no tardaron en salir al paso del ridículo. ¿Un defecto de diseño? ¡Para nada! La culpa, dijeron con una seguridad digna de mejor causa, fue de un «ajuste inadecuado» del dispositivo antes de su activación. Vamos, que la pifia fue humana, no robótica. «No fue un defecto del robot en sí, sino un error cometido por los ingenieros que lo estaban configurando,» aseguraron. Una excusa que, sinceramente, nos suena un poco a cuando la impresora no funciona y la culpa es nuestra por no haberla mirado con la suficiente intención.
Pobre AR-600. Diseñado para tareas tan cruciales como el reconocimiento y el transporte de cargas, y con la esperanza de ser el pionero de una nueva generación de robots rusos, su carrera empezó con un tropiezo de los que hacen historia… y memes. Aunque sus creadores insisten en que tiene un potencial enorme para el futuro, la verdad es que su debut lo inmortalizó no por su inteligencia artificial, sino por su «inteligencia caída». Una lección para todos: incluso los robots más avanzados necesitan que alguien les ponga bien los tornillos… o que les enseñe a atarse los cordones antes de salir al escenario.
