
El drama de las meriendas que ya no existen
Si creciste en los noventa, probablemente tu dieta se basaba en un alto porcentaje de azúcar y colorantes de procedencia creativa. Aquella época dorada de los snacks experimentales nos dejó joyas gastronómicas que hoy solo viven en nuestros recuerdos y en algún hilo perdido de internet. No estamos hablando de simple comida, hablamos de patrimonio emocional que se perdió entre cambios de mercado y nuevas normativas nutricionales.
Delicias que pasaron a mejor vida
¿Quién podría olvidar los Butterfinger BB’s? Esas pequeñas bolas crujientes eran el combustible oficial de cualquier tarde de videojuegos. O los Squeezit, esas botellas de plástico con formas extrañas que te obligaban a realizar un esfuerzo hercúleo para abrirlas, pero que te premiaban con un sabor a fruta tan artificial que resultaba adictivo. Eran tiempos más simples donde no nos preocupaba el gluten ni el exceso de sodio, sino conseguir el cromo o la pegatina que venía escondida en el paquete.
Incluso el postre tenía su propia magia con productos como el Jell-O 1-2-3, esa gelatina que se separaba por arte de magia en tres capas distintas mientras reposaba en la nevera. Era como hacer ciencia en la cocina, pero con un resultado comestible. La desaparición de estos productos dejó un vacío legal en nuestras despensas y un agujero en nuestras almas de millennials nostálgicos que ahora, tristemente, tienen que conformarse con barritas de cereales integrales.
Repasar esta lista es como abrir una cápsula del tiempo. Recordamos los Fruit String Thing, que eran básicamente manualidades comestibles, o el PB Max, esa barrita de mantequilla de cacahuete que desapareció a pesar de ser un éxito de ventas simplemente por decisiones internas de la empresa Mars. Decisiones empresariales que nos rompieron el corazón mucho antes de que supiéramos qué era una hipoteca o el Euríbor.
