De botellas de refresco a monos enfurecidos, los motivos mas absurdos para visitar Urgencias

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Si pensabas que los guionistas de series médicas tenían mucha imaginación, prepárate para descubrir que la realidad siempre supera a la ficción, especialmente en la sala de Urgencias. Todo comenzó cuando una mujer compartió en redes una anécdota tan vergonzosa como hilarante: tras una noche de fiesta descontrolada, su marido se despertó con una resaca monumental. Al no tener analgésicos genéricos a mano, ella le ofreció Midol (un medicamento específico para los cólicos menstruales), pensando que llevaba antiinflamatorios y cumpliría su función.

¿El resultado? El pobre hombre sufrió una reacción alérgica anafiláctica brutal, acabó en ambulancia y la pareja pasó el resto del día explicando a cada médico y enfermera que entraba por la puerta que estaba teniendo una reacción alérgica… a unas pastillas para la regla.

«Todos se reían a carcajadas cada vez que teníamos que contarlo de nuevo. Sobra decir que mi marido no ha vuelto a acercarse al Midol»

, confesó la mujer.

Las confesiones más surrealistas de los médicos

A raíz de esta historia, decenas de profesionales sanitarios acudieron a Reddit para abrir la caja de Pandora y compartir las razones más absurdas, locas y directamente estúpidas por las que la gente ha acabado en sus salas de Urgencias. Aquí tienes una selección que te dejará con la boca abierta:

  • El clásico caso de una rotura atípica: Una mañana de partido universitario, una joven de 19 años entró gritando a pleno pulmón: «¡Me he roto la vagina!». Tras hacerle unas radiografías, la enfermera confirmó que, bueno, casi: intentando trepar por una barrera de hormigón, se había resbalado y se había fracturado el hueso púbico en dos partes.
  • La botella de 7Up traicionera: Un hombre llegó a Urgencias sudando y temblando, vestido únicamente con una gabardina negra. Al abrirla, reveló que tenía su aparato reproductor atrapado en la boca de una botella de dos litros de refresco. La había estado usando para divertirse, pero al agrandarse, se quedó atascado cortando la circulación. «Tuvimos que usar una sierra especial para cortarla», relata el médico. Por si fuera poco, su madre entró en la habitación justo en ese momento y el hombre tuvo que darle explicaciones.
  • El cliente VIP de la mostaza: Un paciente acudía fielmente una vez al mes con un bote de mostaza atascado en su retaguardia. «Después de la quinta vez, uno de los médicos le compró un consolador. Nunca volvimos a verle». Un final resolutivo y práctico.
  • El balazo olvidado: Un tipo entró preguntando si le habían disparado. Resultó que sí, tenía la bala alojada en el hombro. Cuando los médicos le dijeron que iban a preparar el quirófano, el hombre se levantó, se quitó la bata y soltó:

    «Nah, gracias. Me emborraché mucho anoche y no me acordaba de si me habían disparado. Ahora ya lo sé, ¡nos vemos!»

    y se marchó tranquilamente.

  • El dedo y el mono: Un niño decidió que era una excelente idea meter el dedo en la jaula de los primates en el zoo. Efectivamente, un mono se lo arrancó de un mordisco. Una lección de biología aprendida por las malas.
  • El hombre que se autodesembocó: La abuela de un usuario, que era enfermera, contó la historia de un hombre que pensó que fabricar su propia motosierra era un plan sin fisuras. Acabó destripándose a sí mismo y llegó al hospital cubierto de serrín y sujetándose las tripas.
  • Amor ciego de forma literal: Un paciente se apuñaló a sí mismo en el ojo solo porque la doctora que le había hecho la evaluación psiquiátrica esa mañana le pareció muy guapa y quería volver a verla. Consiguió su cita, por suerte sin daños permanentes en la vista, pero la retención psiquiátrica se la llevó de regalo.
  • El peligro del salto con pértiga aficionado: Un padre de familia quiso impresionar a sus hijos en el bosque haciendo salto con pértiga usando un palo gigante que encontró en el suelo. Se destrozó la rodilla por completo. El médico confiesa que no le creyó hasta que el hombre le enseñó el vídeo de la hazaña.
  • El cazador de insectos: Un hombre llegó con el tímpano perforado quejándose de dolor de oído. ¿La razón? Mientras estaba en su barco, un bicho se le metió en la oreja y decidió intentar apuñalar al insecto usando un palillo de dientes.
  • La trágica máquina quitanieves: Un vecino ató con una cuerda el tirador de seguridad de su quitanieves porque le daban calambres en la mano. La máquina se atascó, intentó sacar la nieve con las manos y perdió un par de dedos. Lo peor vino después, cuando en estado de shock pensó: «¡Tengo que sacar mis dedos de ahí para que me los cosan en el hospital!». Así que volvió a meter la mano en la máquina encendida… y perdió la mano entera.
  • Agresión por parte de un gato volador: Un felino con un ataque de hiperactividad nocturna salió disparado rebotando por los muebles y acabó estrellándose contra el ojo de su dueña, haciéndole un buen corte. El personal del hospital sospechaba de un caso de maltrato hasta que la mujer les enseñó una foto de su gato y sus gigantescas patas.
  • Traición en la granja: La explicación de lesiones más rocambolesca que escuchó un médico para justificar múltiples fracturas de costillas fue breve y concisa:

    «Me dio una patada una cabra y luego me pateó una vaca»

    . Simplemente un mal día en el campo.

  • Demasiado ímpetu en solitario: Un hombre acudió con dolor en el pecho. Resultó que estaba dándole al manubrio de forma tan enérgica que la mano se le resbaló y se pegó un puñetazo a sí mismo en las costillas. Estaba perfectamente bien, pero su nivel de preocupación era absoluto.

Moralejas de la sala de espera

Si algo nos enseñan estas historias es que el cuerpo humano es frágil, que las decisiones tomadas bajo los efectos del alcohol casi nunca son buenas, y que la imaginación humana a la hora de lesionarse no tiene límites. La próxima vez que vayas a hacer algo mínimamente peligroso o cuestionable, piensa: ¿Quiero ser la anécdota que cuente mi médico en la cena de empresa? Seguramente no.