Cuando la burocracia casi expulsa a un nativo americano de su propio continente

Cuando la burocracia casi expulsa a un nativo americano de su propio continente
Un nativo americano, miembro de la tribu Oglala Lakota, fue detenido por agentes de inmigración de EE. UU. (ICE) al volver de Canadá. A pesar de mostrar su tarjeta tribal federal, intentaron deportarlo, cuestionando su ciudadanía. Tras horas de confusión y la intervención de superiores, fue liberado, revelando un surrealista fallo burocrático.
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A ver, que levante la mano quien pensaba que un nativo americano… iba a ser casi deportado de su propio continente. ¿Nadie? Normal, suena a chiste malo, pero la burocracia estadounidense, en su infinita sabiduría, estuvo a punto de protagonizar uno de esos momentos para enmarcar, de los que te hacen pensar: «¿En serio?».

El protagonista de este esperpéntico suceso es Nathan B. Phillips, un orgulloso miembro de la tribu Oglala Lakota. Nathan volvía de un viaje a Canadá, tan tranquilo él, con su tarjeta tribal federal (una ‘Enhanced Tribal Card’ o ETC), un documento que, en teoría, es más que válido para entrar y salir del país bajo la Iniciativa de Viajes del Hemisferio Occidental. Un papel que, para quien no lo sepa, certifica su ciudadanía y su pertenencia a una nación soberana, los Lakota, cuya presencia en estas tierras precede con creces a la existencia de Estados Unidos, Canadá y, ya puestos, hasta de los árboles genealógicos de los agentes de aduanas que le pararon.

Pero claro, los agentes de inmigración (ICE) tenían otro guion en mente. Miraron la tarjeta, miraron a Nathan, y debieron pensar: «¿Un nativo? ¿Y encima con papeles de su tribu? ¡Esto sí que es nuevo!». No debían de haber visto un libro de historia en su vida, o por lo menos no uno que hablase de los primeros pobladores. La situación roza el surrealismo puro: intentar expulsar a uno de los ‘primeros pobladores’ de su propio hogar. Es como si te echaran de tu salón por no tener la factura del sofá, o que te pidieran el pasaporte para entrar en tu propia cocina. Absurdo, ¿verdad?

Nathan, con la calma y la dignidad que da la razón, se negó a ser deportado y les recordó su herencia y su derecho inalienable a estar donde está. Incluso se mencionó la ‘Larga Marcha’, un recordatorio histórico escalofriante de expulsiones forzadas de nativos americanos que, en este contexto, añade una capa extra de ironía y mal gusto a la situación. Además de su tarjeta, Nathan tenía consigo su partida de nacimiento. ¿Qué más hacía falta? ¿Un mapa genealógico que datara de la última era glacial?

Total, que después de unas cuantas horas de suspense, llamadas a superiores que debieron de flipar en colores ante semejante despropósito, y el correspondiente papeleo (seguro que alguien se llevó una bronca monumental), Nathan fue liberado. Una vez más, la burocracia demostrando que a veces tiene la misma lógica que una cabra montesa intentando hacer sudokus.

La moraleja de esta historia, además de echarse unas risas nerviosas ante lo patético de la situación, es la importancia de una formación adecuada para estos agentes, para que sepan distinguir un documento legítimo de un intento de ‘echar a los indígenas de sus tierras’ en pleno siglo XXI. Porque lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible, ¡y ridículo!