Un castillo armenio acabó agujereado por 40 hornos de pan

Fue residencia señorial en el siglo XII y acabó como una casa comunal con más de cuarenta hornos de barro abiertos en el suelo de sus salas…

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Fue residencia señorial en el siglo XII y acabó como una casa comunal con más de cuarenta hornos de barro abiertos en el suelo de sus salas…

Imagina heredar un palacio y, en vez de restaurarlo, abrir agujeros en el suelo del salón para hacer pan. Pasó de verdad en Armenia, aunque no de golpe: hicieron falta siglos y varias generaciones de vecinos.

En el castillo medieval de Aruch, en el centro de Armenia, un equipo arqueológico ha documentado más de cuarenta tonirs —hornos verticales de barro hundidos en el suelo— repartidos por las salas de lo que había sido una residencia de alto rango. Es la primera síntesis dedicada a ese conjunto y se publica en la revista Journal of Archaeological Science: Reports.

¿Qué es un tonir y por qué va enterrado?

El tonir es el horno tradicional armenio: una pieza de barro con forma de tinaja que se hunde en el suelo, con la boca arriba y un orificio de ventilación en la parte baja para que tire el aire. Es pariente cercano del tandır turco, del tannur árabe y del tandoor indio.

Secciones dibujadas y fotografías de cuatro tonirs de Aruch, con el orificio de ventilación señalado en los planos
Planta, sección y fotos de varios tonirs de Aruch. Imagen: E. Fausti et al. 2026, CC BY 4.0.

Su producto estrella es el lavash, el pan plano que la Unesco inscribió en 2014 como Patrimonio Cultural Inmaterial. La masa se estira sobre un cojín ovalado, se pega de un manotazo a la pared del horno y sale hecha en menos de un minuto. Suele prepararlo un grupo de mujeres, por tandas grandes pensadas para durar.

¿Por qué un castillo señorial acabó lleno de hornos?

Aruch no era un rincón perdido: está en la provincia de Aragatsotn, a los pies del monte Aragats, y conserva una catedral del siglo VII y un caravasar del siglo XIII, en la ruta comercial que unía Dvin con Ani.

Vista aérea del castillo de Aruch en excavación, con los muros de piedra del recinto al descubierto entre la vegetación
El castillo de Aruch desde el aire. Imagen: E. Fausti et al. 2026, CC BY 4.0.

Lo llamativo es lo que vino después. La mayoría de esos hornos no son de la época de esplendor del castillo, sino de su reutilización bajomedieval y de la Edad Moderna temprana: cuando la sala noble dejó de ser noble, la ocuparon casas corrientes que la trocearon y la fueron perforando. Y no todos estuvieron encendidos a la vez.

Los tonirs se construían, se mantenían, se rellenaban y se sustituían por otros. Cada tanda reordenaba un poco el espacio.

¿Para qué se usaban todos esos hornos?

Los restos de plantas, huesos y objetos asociados vinculan varias instalaciones a la preparación de comida y a la gestión del combustible. En algunos ejemplares de época moderna aparece estiércol de vacuno quemado, un recurso barato allí donde la leña escasea.

Eso sí, los autores avisan de que no conviene meterlos a todos en el mismo saco: hay diferencias de tamaño, de relleno y de residuos de alta temperatura, así que no todos sirvieron para lo mismo. Es la misma lectura paciente de las capas que explica cómo Roma empotró una cabeza ibérica en el muro de un granero o cómo asoman ánforas romanas en la red de un pesquero.

El estudio se remata con trabajo de campo en casas armenias de hoy, donde el tonir sigue en uso, algunos ya levantados con cemento. O sea: el mismo horno que agujereó un castillo hace siglos sigue encendido en las cocinas del país. No está mal para un electrodoméstico sin enchufe.

Foto de portada: E. Fausti et al. 2026, CC BY 4.0.

Vía: el estudio en Journal of Archaeological Science: Reports, La Brújula Verde, ISMEO y Unesco.