
Parece que a Canadá se le ha quedado pequeño el planeta Tierra. Mientras la humanidad debate aún sobre el uso de energías renovables en las terrazas, los canadienses han decidido pensar a lo grande y apuntar al satélite. Sí, la propuesta que suena a guion de película de ciencia ficción de serie Z es real: Canadá está considerando seriamente la posibilidad de instalar centrales nucleares en la Luna.
La Agencia Espacial Canadiense (CSA), en colaboración con diversas industrias nacionales, está inmersa en la fase de estudio y desarrollo de los llamados Small Modular Reactors (SMRs), o, en un contexto más ambicioso, micro-reactores diseñados específicamente para operar en entornos extraterrestres. No estamos hablando de un mastodóntico reactor como los que vemos en la Tierra, sino de unidades compactas, robustas y, sobre todo, seguras, capaces de generar la energía necesaria en un medio tan hostil como el lunar.
¿Y para qué querrían los canadienses tanta potencia energética a 384.400 kilómetros de casa? La razón es doble y puramente estratégica: la primera es alimentar sus futuras bases permanentes en la superficie lunar, proporcionando calefacción, soporte vital y comunicaciones. La segunda, y quizás la más crucial, es abastecer las misiones de extracción de recursos. El objetivo principal a largo plazo es la minería de hielo de agua en los polos lunares, una operación que requiere cantidades ingentes de vatios para la perforación y procesamiento.
La energía nuclear, a pesar del estigma y las complejidades de lanzarla al espacio, ofrece una densidad energética inigualable, lo que la convierte en una de las soluciones más viables para garantizar un suministro constante en la Luna, donde la luz solar no siempre es una fuente fiable, especialmente en los cráteres polares. Canadá está demostrando ser pionera en esta visión a largo plazo, buscando asegurar que, mientras otros se centran en el cohete y el traje espacial, ellos diseñan el enchufe. Si el plan prospera, pronto podríamos ver bases canadienses funcionando con un pequeño y potente corazón atómico, garantizando que nadie se quede a oscuras en medio de la noche lunar. Solo falta ver cómo planean gestionar la factura de la luz intergaláctica.
