El abogado que defendió a unas ratas alegando que había gatos

Un tribunal eclesiástico de Autun procesó a las ratas por comerse la cebada y les puso abogado. Él alegó que no podían acudir por culpa de los gatos…

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Un tribunal eclesiástico de Autun procesó a las ratas por comerse la cebada y les puso abogado. Él alegó que no podían acudir por culpa de los gatos…

En algún momento del siglo XVI —así lo cuenta la tradición jurídica francesa—, el tribunal eclesiástico de Autun, en la Borgoña, procesó a las ratas de la comarca por comerse la cosecha de cebada. Y, como cualquier acusado, las ratas tuvieron derecho a un abogado defensor.

Lo nombró el vicario del obispo, se llamaba Barthélemy de Chasseneuz y no se lo tomó a broma: hizo su carrera con aquel caso.

¿Por qué la Iglesia llevaba a juicio a los bichos?

Durante unos 250 años, insectos y roedores acusados de delitos contra la propiedad fueron juzgados como personas jurídicas en tribunales eclesiásticos de Francia, Italia y Suiza, con las mismas leyes y trámites que la gente. Lo documenta el economista Peter T. Leeson en su estudio Vermin Trials.

El arma no era la horca, sino la excomunión. Y como era una pena tan grave, el procedimiento había que hacerlo impecable: cualquier defecto de forma dejaba la maldición sin efecto. Eran los siglos que creyeron que un cadáver sangraba ante su asesino y que copiaron a mano un libro con el diablo dentro.

¿Cómo se defiende a unas ratas que no comparecen?

Chasseneuz jugó al aplazamiento. Alegó que sus clientes estaban repartidas por un territorio enorme y una sola citación no bastaba para notificarlas. Consiguió una segunda, que hubo que leer desde los púlpitos de todas las parroquias habitadas por ratas.

Cumplido el trámite, las ratas seguían sin aparecer. Y ahí soltó el argumento que lo hizo famoso: el viaje era largo, difícil y peligroso por la vigilancia incansable de sus enemigos mortales, los gatos.

Nadie está obligado a presentarse en un lugar al que no puede llegar sano y salvo. Ni siquiera una rata.

¿La sentencia? No consta: el relato del caso que el jurista Berriat-Saint-Prix publicó en 1820 no la recoge. Lo que quedó fue la fama del abogado: en 1540, Chasseneuz presidía el Parlamento de Provenza.

¿Cuánto puede durar un juicio contra unos gorgojos?

Lo de las ratas fue rápido comparado con Saint-Julien, una aldea de Saboya con fama de buen vino. En 1545, los viticultores denunciaron a un gorgojo verdoso que los estudiosos del XIX identificaron como Rhynchites auratus. Al año siguiente el juez no dictó sentencia: mandó rezos, tres misas mayores y, sobre todo, que la gente pagara los diezmos. Los insectos se fueron, según certificó el cura. Y ahí está el negocio, sostiene Leeson: la plaga remite por su cuenta, el tribunal se apunta el tanto y con la fe en el castigo divino vuelve el diezmo.

Gorgojo Rhynchites auratus, de cuerpo verdoso con reflejos dorados, posado sobre una hoja: la especie procesada por arrasar las viñas de Saint-Julien
Rhynchites auratus fotografiado en el Empordà: la especie que el siglo XIX señaló como la acusada. Foto de Siga, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.

En 1587 volvieron, y hubo pleito de verdad, con procurador y abogado nuevos. La defensa alegó el Génesis: los animales fueron creados antes que el hombre y Dios les dio toda hierba verde por alimento, así que comerse la viña era ejercer un derecho de nacimiento.

El pueblo, agotado, votó cederles a perpetuidad un terreno, La Grand Feisse, lejos de las cepas. Y aquí viene lo mejor: la defensa de los insectos lo rechazó alegando que el sitio era estéril y no daba de comer a sus clientes.

El pleito se alargó más de ocho meses y el expediente no pasa del 20 de diciembre de 1587. ¿El veredicto? Nadie lo sabe: la última página del acta se la comieron las ratas o algún insecto.

Vía Mental Floss. Datos de The Criminal Prosecution and Capital Punishment of Animals (E. P. Evans, 1906) y de Vermin Trials, de Peter T. Leeson (Journal of Law and Economics, 2013). Portada generada con IA.