
¡Qué levante la mano quien no se haya topado últimamente con alguna noticia que nos promete una IA capaz de hacer hasta la tortilla de patatas perfecta! Parece que la inteligencia artificial está por todas partes, resolviendo problemas complejos y automatizando nuestras vidas. Pero, ¿y si te digo que a veces, detrás de esa cortina de humo tecnológico, lo que hay es el buen viejo ingenio humano… pero con un sueldo de miseria?
Pues agárrate, porque la historia que te traemos hoy es de esas que te hacen soltar una carcajada amarga y te recuerdan que no es oro todo lo que reluce en el universo tech. Resulta que una startup, de esas que prometen revolucionar el mundo con su «IA» puntera (la identidad exacta de la empresa es un misterio digno de expediente X, ojo), ha echado el cierre. Y la razón, más que un fallo algorítmico, es que su «cerebro artificial» no era ni más ni menos que un equipo de 700 personas en Filipinas, currando por la módica cantidad de dos dólares la hora. Sí, has leído bien: ¡dos euros no, dos DÓLARES!
Imagínate el cuadro: mientras los inversores soñaban con algoritmos autoprogramables y redes neuronales futuristas, en algún rincón del mundo, cientos de seres humanos estaban picando código, contestando preguntas o procesando datos para simular la perfección de una máquina. Era la versión moderna del Mago de Oz, donde la voz tronante de la poderosa IA era, en realidad, un señor detrás de una cortina moviendo palancas.
La noticia, que ha salido a la luz gracias al periodista tecnológico Hussein Kesvani, pone los pelos de punta. ¿700 personas simulando ser una IA? Es como si le pides a tu primo el informático que se haga pasar por Alexa durante las cenas familiares para impresionar a la suegra, pero a una escala industrial y con consecuencias laborales bastante más turbias. Este tipo de prácticas, tristemente, no son nuevas ni aisladas. Sin ir más lejos, hace poco nos enteramos de un caso similar con el chatbot BlenderBot 3 de Meta, donde también se reveló que detrás de su entrenamiento había contratistas de Scale AI en Filipinas, cobrando igualmente un sueldo de risa. Parece que la «mano de obra barata» sigue siendo el algoritmo favorito de algunos.
El cierre de esta misteriosa compañía es, cuanto menos, un toque de atención. Nos hace cuestionarnos qué hay de verdad y qué de artificio en muchas de las promesas de la inteligencia artificial. Y, sobre todo, nos obliga a mirar más allá de los titulares rimbombantes para ver las condiciones reales en las que se «cocina» la tecnología que consumimos. Porque al final, la verdadera inteligencia no es la que se esconde detrás de un humano explotado, sino la que busca la innovación con ética y respeto. La próxima vez que uses una IA, piensa si quizás, solo quizás, haya un filipino echándole un cable. Y esperemos que cobre un poco mejor.
