
Imagina la escena: estás en un museo, echando una mano como voluntaria, y ves un espejo que parece haber pasado por mil batallas de polvo y huellas dactilares. ¿Qué haces? Pues si eres una buena samaritana con un trapo y un poco de espíritu limpiador, lo más probable es que intentes dejarlo como los chorros del oro, ¿verdad? Pues eso mismo pensó una señora en el Museo Ostwall de Dortmund, Alemania, con la pequeña salvedad de que lo que ella creía un espejo mugriento, en realidad era una obra de arte valorada en ¡800.000 euros! Y, claro, la limpió… pero a lo bestia.
La pieza en cuestión, que ahora es más historia que obra, se llamaba “Reading-work-piece” (Lesearbeit-Stück) del irreverente artista alemán Martin Kippenberger. Este genio del arte, que nos dejó en 1997, era famoso por sus trabajos provocadores y a menudo conceptuales. Su ‘espejo sucio’ era, de hecho, una estructura de celosía con una fina capa de lo que él llamaba ‘pátina’ o ‘capa de cal’, diseñada específicamente para parecer un espejo olvidado en el tiempo, con su suciedad incrustada como parte integral de la obra.
Pero nuestra intrépida voluntaria, con toda la buena intención del mundo y seguramente pensando que estaba haciendo un favor al arte y a la higiene del museo, se armó con sus utensilios de limpieza y se lanzó a la faena. Se ve que las instrucciones de no tocar ninguna obra de arte se le debieron pasar por alto, o quizá el fervor de la limpieza le nubló el juicio. El resultado: la pátina original, esa suciedad intencionada que le daba su valor, se esfumó en un abrir y cerrar de ojos, dejando la obra despojada de su esencia.
El incidente tuvo lugar durante la exposición “There Is Always a Future – The 100 Best Works from the Dortmunder U Collection”. Cuando el personal del museo se dio cuenta del desastre, la cara de póker debió ser monumental. Y es que no es para menos, ¿quién se espera que un voluntario decida por su cuenta y riesgo darle un lavado de cara a una pieza de casi un millón de euros?
Desde el museo, la voz oficial es clara: el daño es irreparable. La obra de Kippenberger ha perdido su significado y su valor original. Aunque no acusan a la voluntaria de malicia, sí de “negligencia” – y es que, ¡menuda negligencia! Ahora están valorando emprender acciones legales contra el seguro de la mujer. Vamos, que la cosa ha pasado de un ‘vaya tela’ a un ‘esto va a ser un pastizal’.
Así que ya sabéis, la próxima vez que veáis algo en un museo que parezca sucio, por favor, ¡no lo toquéis! Podría ser una obra maestra contemporánea, o simplemente un espejo que necesita una buena pasada, pero no os la juguéis. Mejor dejad que los expertos (o la gente que SÍ sabe distinguir el arte de la suciedad) se encarguen. ¡Vaya semanita para el arte conceptual y para los seguros!
