
¿Qué tienen en común una escuela para personas sordas y ciegas, un buen puñado de excrementos caninos y un servicio a la comunidad? Pues, a priori, nada. Pero en Salt Lake City, Utah, la combinación resulta ser una de las iniciativas más curiosas y, sorprendentemente, ingeniosas que te puedas echar a la cara. Y no, no estamos de broma.
Las Escuelas de Utah para Sordos y Ciegos (USDB, por sus siglas en inglés) han lanzado un llamamiento que, a primera vista, podría sonar a la típica broma de mal gusto. Están buscando donaciones… ¡de caca de perro! Pero antes de que salgas corriendo o levantes una ceja de incredulidad, te aseguramos que hay una razón de peso, y muy noble, detrás de esta peculiar petición.
Resulta que la USDB tiene un programa de entrenamiento para futuros perros guía que es, sencillamente, vital para la autonomía y seguridad de sus estudiantes. Y aquí es donde entra en juego el «material» estrella. Los excrementos caninos son cruciales para una parte del entrenamiento que los expertos llaman, con todo el desparpajo del mundo, la «etiqueta de caca» (sí, suena mejor en inglés, «poop etiquette», pero la idea es la misma).
Este entrenamiento no es para que los perros… bueno, ya sabes. Es para enseñarles a discernir dónde es apropiado y dónde no lo es hacer sus necesidades. Imagina un perro guía teniendo que ayudar a su dueño a evitar una acera llena de «sorpresitas» o, peor aún, decidiendo que un pasillo o una escalera son el lugar ideal para un «apretón». Sería, como poco, un desastre y, en el peor de los casos, un peligro para la persona a la que sirve. Los perros aprenden a identificar estas zonas y a alejarse de ellas, asegurando que sus usuarios puedan transitar con seguridad y dignidad.
Por eso, la USDB necesita caca. Pero no vale cualquier caca. Los requisitos son estrictos: debe ser «limpia», es decir, sin palos, piedras, hierba o cualquier otro «extra» que pueda distraer o confundir a los perros durante el entrenamiento. Además, idealmente, debe provenir de perros sanos, para evitar cualquier tipo de riesgo. Llevan ocho años con este método, perfeccionando la técnica con cada donación.
El proceso es de lo más sencillo para los colaboradores: recoger las heces de sus mascotas en una bolsa, y depositarlas en un cubo específico que tienen a la entrada de la escuela. Una especie de «caja de correos» para los que quieren dejar un regalo… ¡muy orgánico!
Así que, la próxima vez que pasees a tu mejor amigo de cuatro patas y recojas sus «productos», quizás no solo estés manteniendo la ciudad limpia, sino que, si vives cerca de Salt Lake City, podrías estar contribuyendo a una causa noble y, por qué no decirlo, ¡verdaderamente única en el mundo de las donaciones!
