
Hay fotos por las que merece la pena arriesgarlo todo, y luego está la foto que intentó sacar Sandra Gillis. Esta mujer de 49 años, residente en Saint John, Canadá, decidió que lo que le faltaba a su álbum familiar era un retrato de cerca de un alce. Y la naturaleza, señores, le recordó que las grandes estrellas salvajes no firman autógrafos.
Todo ocurrió cuando Gillis iba conduciendo por la Ruta 1, cerca de Rothesay, y divisó a un joven ejemplar de alce pastando tranquilamente. En lugar de limitarse a admirarlo desde la seguridad del coche, pensó: «Qué mono, me bajo a hacerle un ‘selfie’ salvaje». Se armó de valor, se acercó al animal (a unos tres metros, según las crónicas) y empezó la sesión de fotos.
Tras varios ‘flashes’ que, imaginamos, debieron molestar al animal más de lo que molesta la luz del móvil en el cine, Gillis se dispuso a hacer la toma final. Y ahí el alce demostró que, aunque es herbívoro, sabe defenderse como un boxeador de peso pesado. El bicho se giró y le metió una coz que, por la precisión, podría haberla entrenado un luchador de la UFC. La señora Gillis recibió el impacto directamente en la cara.
El resultado fue un auténtico desastre estético y médico: pómulo fracturado, nariz rota, múltiples cortes y hematomas de campeonato. Tras el incidente, la mujer tuvo que ser trasladada al hospital donde fue intervenida quirúrgicamente. Afortunadamente, se está recuperando, pero el susto y la lección de fauna salvaje le han quedado grabados a fuego (y en radiografías). En declaraciones posteriores, la propia Sandra reconoció que acercarse a un animal salvaje de ese tamaño fue una auténtica estupidez. A ver si ahora aprende que el ‘zoom’ existe por una razón, y esa razón no es para ver mejor la cara de cabreo del alce justo antes de darte una paliza.
