
Las mañanas en Parsippany, Nueva Jersey, suelen ser tranquilas. El sonido del tráfico, gente yendo a por su primer café del día… lo normal. Pero una mañana de viernes, la rutina saltó por los aires por culpa de una delincuente inesperada y con muy malas pulgas: una cabra.
Todo comenzó cuando la policía local recibió una llamada que seguramente les hizo arquear una ceja: ‘Hay una cabra suelta por aquí’. El agente Brian Conover fue el primero en llegar a la escena del ‘crimen’, el aparcamiento de una tienda de repuestos de coche. Allí se encontró con nuestra protagonista, que más tarde sería identificada como Millie, una mascota de la vecina localidad de Boonton.
El agente Conover, haciendo gala de su entrenamiento, intentó acorralar a la fugitiva. Pero Millie no estaba por la labor. Según el informe policial, la cabra tenía ‘mala actitud’ y, en lugar de rendirse, optó por la huida. Y no una huida cualquiera. Millie se lanzó a la carrera, cruzando la concurrida autopista Route 46 como si fuera una estrella de acción, dejando a los conductores boquiabiertos y al agente Conover pidiendo refuerzos.
La persecución continuó hasta el centro comercial Arlington Plaza. Quizás cansada de tanta adrenalina o, quién sabe, atraída por el aroma a café recién molido, Millie tomó una decisión que la convertiría en leyenda: se coló por las puertas automáticas de un Starbucks. El local se convirtió de repente en el escenario de un insólito atrincheramiento, con una cabra como única protagonista.
Fue entonces cuando el agente Brian DeGraw, junto con la agente de control de animales Lisa D’Amico, lograron arrinconar a la rebelde barista. Utilizando lo que el departamento describió como ‘técnicas de desescalada’, consiguieron calmar a la estresada Millie. La aventura terminó con un dardo tranquilizante y un viaje al refugio de animales municipal, donde esperó pacientemente a que su dueño, ya localizado, fuera a por ella. No sabemos si llegó a pedir un ‘capra-ccino’, pero su historia ya forma parte del folclore local.
