
La jornada laboral de un lunes cualquiera en Oro Valley, Arizona, se convirtió en una comedia de enredos peluda, cortesía de un inesperado cliente con demasiado apetito. Ocurrió en un Fry’s Food and Drug, donde el protagonista de nuestra historia, un oso joven, decidió saltarse la cola y entrar directamente al meollo del asunto.
Parece que nuestro amigo plantígrado, un machote de entre uno y dos años que rondaba los 45 a 68 kilos (o lo que es lo mismo, el peso de una persona que desayuna poco y merma mucho), tenía muy claras sus prioridades. ¿Frutas y verduras? ¡Qué va! ¿La zona de congelados? ¡De eso nada! El destino final era, ni más ni menos, la joya de la corona de cualquier supermercado: la sección de panadería. Claramente, este oso tenía un paladar refinado y le tiraban más los bollos azucarados que la miel silvestre.
Los empleados, que debieron pensar que estaban en un capítulo de ‘El Hormiguero’ con un invitado salvaje, reaccionaron con presteza. Después de que el oso deambulara un poco, lograron acorralarlo en una zona de almacenamiento. En lugar de intentar convencerle con un croissant recién hecho, decidieron que era mejor llamar a la caballería: la Oficina del Sheriff del Condado de Pima y los expertos del Departamento de Pesca y Caza de Arizona (AZGFD).
Lo que siguió fue una operación de rescate digna de Hollywood, pero con más pasteles de por medio. Un agente del AZGFD, probablemente el más valiente o el que mejor puntería tenía, logró acertar al oso con un dardo tranquilizante. El joven goloso se echó una siesta forzosa antes de poder hincarle el diente a la tarta de manzana.
Una vez que el animal estuvo completamente dormido, las autoridades lo sacaron de la tienda, cual cliente borracho en hora punta. La idea era simple: devolver al joven explorador a su hábitat natural, lejos de las tentaciones del pan recién horneado y los descuentos de temporada. El supermercado reabrió sus puertas poco después, presumiblemente después de desinfectar y quizás montar una valla disuasoria con sabor a canela.
La moraleja, aparte de que los osos tienen predilección por la bollería industrial, es que si alguna vez te encuentras a un cliente muy peludo y con garras merodeando, es mejor dejar que los profesionales gestionen la urgencia. Y sí, Oro Valley, ya tenéis la anécdota del año.
