El evento deportivo donde el dopaje es bienvenido
Imagina unas olimpiadas donde las reglas sobre sustancias prohibidas brillan por su ausencia. Eso son los Enhanced Games (Juegos Mejorados), un evento que acaba de celebrarse en Las Vegas y que ha dejado a más de uno con la boca abierta, aunque no precisamente por los récords mundiales. A pesar de que los organizadores prometían un espectáculo sobrehumano permitiendo el uso de sustancias bajo supervisión médica y bañadores tecnológicos de última generación, la realidad ha sido mucho más cómica y desastrosa de lo esperado.
James Magnussen: dopado, de oro y… el último
El caso más sonado ha sido el del nadador australiano James Magnussen. Este doble medallista olímpico decidió subirse al carro del dopaje médico con la intención de arrasar en los 100 metros libres. Se enfundó un espectacular bañador dorado, consumió sustancias para mejorar su rendimiento de forma legal dentro de la competición y… quedó en última posición. Sí, has leído bien.
Magnussen tocó la pared en cuarto lugar con un tiempo de 49.44 segundos, quedándose a más de dos segundos de su marca personal lograda en 2012, cuando competía completamente limpio. El ganador de la prueba fue el griego Kristian Gkolomeev, que detuvo el crono en 46.6 segundos, llevándose a casa la friolera de 250.000 dólares y dejando en evidencia la supuesta superioridad química.
La victoria del deporte limpio frente a los esteroides
Pero la humillación para los defensores de las trampas no terminó ahí. El nadador estadounidense Hunter Armstrong, compitiendo totalmente limpio y sometiéndose voluntariamente a controles antidopaje durante su estancia en Las Vegas, se coronó campeón absoluto en los 50 metros espalda.
Armstrong, que participaba empujado por problemas económicos tras perder a su patrocinador después de los Juegos Olímpicos de París 2024, superó sin contemplaciones a atletas como el irlandés Shane Ryan, quien sí formaba parte del grupo de 36 deportistas dopados de la competición.
«Me he sentido muy bien en el agua últimamente, y este superbañador es una locura. Cambia las reglas del juego», confesó Armstrong tras su épica victoria.
Además, el nadador limpio se embolsó 250.000 dólares por su primer puesto y otros 125.000 por quedar segundo en los 100 metros libres, superando de paso a nuestro ya mencionado y decepcionante Magnussen por más de un segundo de diferencia.
Un evento plagado de despropósitos
Por si fuera poco que los atletas limpios ganaran a los dopados, la organización del evento también tuvo sus momentos de gloria técnica. La retransmisión oficial a través de YouTube, que apenas logró congregar a poco más de 50.000 espectadores, se quedó totalmente congelada durante 11 minutos al poco de empezar.
Tampoco faltaron anécdotas en la pista de atletismo. El velocista Fred Kerley, que también competía sin sustancias prohibidas, intentó batir el legendario récord de 9.58 segundos de Usain Bolt. Aunque no lo logró (marcó 9.97 segundos), acabó bastante harto del nivel de sus competidores:
- Soportó estoicamente varias salidas en falso de sus rivales.
- Criticó la falta de preparación física y mental de los demás participantes.
- Les sugirió públicamente que «necesitan entrenar un poco más duro» en lugar de confiar ciegamente en la química.
Mientras tanto, organizaciones como la Agencia Mundial Antidopaje y el Comité Olímpico Internacional siguen catalogando este evento de «absolutamente irresponsable e inmoral». Y desde luego, viendo que los deportistas que van hasta las cejas de sustancias no pueden ni con los que compiten a base de esfuerzo tradicional, igual los organizadores deberían replantearse urgentemente el concepto de «juegos mejorados».




