Un miembro de los Conservadores confiesa que se afilió solo por la fiesta y el canapé

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La política, ese noble arte de servir al ciudadano… o eso pensábamos. Resulta que para algunos jóvenes aspirantes, unirse a un partido político de renombre, como los Conservadores en Reino Unido, tiene menos que ver con el manifiesto electoral y mucho más con el catering de primera, los eventos donde corre el champán y, bueno, el jolgorio general. La confesión estrella de la semana viene de la mano de un exmiembro de la formación tory. El individuo ha soltado la bomba al confesar públicamente que su ferviente participación no era por defender una bajada de impuestos o la austeridad, sino porque era la vía más rápida y efectiva para codearse con la élite y, atención, «pasárselo bien».

En un acto de sinceridad brutal (o de total desinterés por lo que piensen los puristas de la causa), este hombre admitió que, aunque la ideología se le antojaba un tema secundario o directamente tedioso, la vida social que ofrecía la estructura conservadora era imbatible. Estamos hablando de saraos exclusivos, recepciones de alto nivel en casas señoriales y, lo más importante, un ecosistema perfecto para el networking de alto octanaje y, de paso, hincharse a canapés gourmet mientras se discuten los asuntos del Estado.

Es decir, el carné de militante era básicamente una entrada VIP a la mejor agenda social del país, un pasaporte directo a la vida que muchos solo ven en series. Este tipo de revelaciones arrojan una luz cómica y algo descorazonadora sobre la supuesta seriedad que debe envolver a las estructuras partidistas. La pregunta es inevitable: ¿cuántos más estarán ahí por el ‘finger food’ y las oportunidades de tomarse un gin-tonic con algún Lord o Dama, en lugar de estar preocupados por la sanidad o la educación pública?

La anécdota, que ha corrido como la pólvora en redes, deja claro que, a veces, la militancia se reduce a una cuestión puramente utilitaria: si el partido organiza las mejores fiestas y tiene la barra libre más generosa, ¿quién necesita leerse el programa electoral? Él, al menos, se llevó el premio gordo: contactos, diversión y, asumimos, una buena dosis de anécdotas para contar. Un auténtico estratega del ‘partying’ disfrazado de activista político, y la prueba de que, para algunos, la política es solo un pretexto social más.