
¿Quién dijo que el amor no tiene límites? O, mejor dicho, ¿quién dijo que el alcohol y la añoranza perruna no pueden llevarte a situaciones de lo más surrealistas? Atención a la historia de Andrew Bell, un joven de 29 años del Condado de Durham, Reino Unido, cuya noche de copas terminó con un peculiar encuentro con la ley… y un poni llamado Peggy.
Corría el año 2013 cuando los agentes recibieron una llamada un tanto inusual. Una adolescente, paseando por un campo en Chester-le-Street, se encontró con una escena que la dejó perpleja: un hombre, en lo que parecía ser un abrazo muy, muy íntimo con un poni. Ni corta ni perezosa, la joven alertó a las autoridades, que acudieron rápidamente al lugar.
Y aquí es donde la cosa se pone aún más… interesante. Al llegar, la policía encontró a Andrew en una situación comprometida, con la cabeza nada menos que entre las patas traseras de la dulce Peggy. Ante la acusación de agresión sexual (sí, como lo lees), la respuesta de Bell fue digna de enmarcar: «No la estoy agrediendo sexualmente, estoy intentando darle un beso», espetó. Y, por si no había quedado claro su amor por los equinos, añadió: «¡Me encantan los caballos!».
Su abogado, Don MacPherson, se encargó de defender lo indefendible (o al menos lo extraordinariamente peculiar) en el tribunal de Newton Aycliffe Magistrates’. Según MacPherson, Andrew había tenido una noche de mucha bebida y, en un «momento de locura», se encontraba solo y, ¡atención!, echando de menos a su perro. Y claro, ¿qué mejor forma de suplir esa carencia canina que abrazando y besando a un poni en mitad de un campo? Lógica aplastante, ¿verdad?
Bell admitió el cargo de «ultraje a la decencia pública» y, aunque el fiscal confirmó que el poni no sufrió ningún daño, el asunto le salió por un pico. Recibió una descarga condicional de 18 meses y tuvo que pagar 85 libras en costas y un recargo de 15 libras para las víctimas.
Así que ya lo sabéis, amigos. Si os sentís solos o echáis de menos a vuestra mascota, mejor optar por una videollamada o una foto. Besar ponis, sobre todo si estáis bajo los efectos del alcohol, podría llevaros a un «malentendido» que ni el mejor guionista de comedia sería capaz de inventar. Peggy, por su parte, sigue pastando, ajena a la fama que le dio aquel «beso» robado.
