
Agárrense, que vienen curvas. En el mundo de los multimillonarios excéntricos, siempre hay alguien dispuesto a superar el listón. Y justo cuando pensábamos que lo habíamos visto todo, aparece en escena un magnate chino con un plan de paternidad que ríete tú del mismísimo Gengis Kan. Hablamos de Wang Xin, o Wang Houqi, para los amigos, que ha decidido autoproclamarse ni más ni menos que el ‘Primer Padre de China’. ¿Y por qué esta audaz declaración? Pues porque, según las malas lenguas y algunos informes de la prensa local, este hombre tiene… ¡cientos de hijos! Sí, han leído bien. Cientos. La cifra exacta baila entre los más de 100 y, ojo, ¡los 1.000! Parece que el señor Wang se ha tomado lo de dejar descendencia muy, pero que muy en serio.
Pero la cosa no se queda ahí. Detrás de esta proeza reproductiva (y presuntamente ilegal, todo sea dicho, pues la gestación subrogada está prohibida en China) hay una filosofía, un propósito vital, una misión casi divina. Según Wang, su objetivo no es otro que «cambiar los genes de la nación china» y, puestos a pedir, «esparcir mi ADN superior por todo el mundo». Vamos, que se ha puesto el mono de diseñador genético y ha decidido darle un empujón evolutivo a la humanidad, empezando por su país natal.
Para llevar a cabo semejante proyecto genético, el magnate no ha escatimado en recursos. Se rumorea que ha recurrido a una red de gestación subrogada que implica a docenas de mujeres y un sinfín de bancos de esperma. Una auténtica factoría de bebés con su propio sello genético. Los medios chinos como The Paper y Sohu News han estado al quite, destapando esta curiosa historia y publicando fotos que supuestamente muestran a Wang Xin rodeado de un buen puñado de sus vástagos, una imagen que, desde luego, refuerza la magnitud de su peculiar legado.
Mientras el resto de los mortales se las ven y se las desean para criar a uno o dos churumbeles, Wang Xin parece haber encontrado el truco para la paternidad a gran escala. Eso sí, su ambición desmedida y el método empleado han levantado ampollas, generando un debate ético importante sobre la explotación y los límites de la reproducción asistida, especialmente cuando se juega a ser una especie de dios genético. Un caso, sin duda, que nos hace preguntarnos: ¿hasta dónde llegará la creatividad (o la osadía) de los más ricos para dejar su huella en el mundo? Al menos, la suya será, literalmente, genética.
