
¿Se imaginan que, al divorciarse, además de repartir la casa, el coche y los ahorros, tuvieran que acordar quién paga la comida del gato? Pues no es una broma, ni una escena sacada de una comedia de enredos, sino una sentencia judicial real, con DNI y fecha, firmada en la siempre sorprendente España. En un caso que ya ha puesto los bigotes de punta a más de uno, un juez de Pontevedra ha dictaminado que un ex-marido deberá rascarse el bolsillo para mantener a Lolo y Piti, sus dos felinos, con una pensión de 200 euros mensuales durante nada menos que una década. ¡Que tiemblen los ratones!
La historia, que suena a capítulo de «La que se avecina» con patitas, tiene lugar tras la ruptura de un matrimonio. Como suele pasar, la pareja no solo compartía la vida, sino también el amor por sus mascotas. Lolo y Piti, los adorables protagonistas de esta trama gatuna, fueron adoptados durante el matrimonio, convirtiéndose en miembros de pleno derecho de la familia. Y claro, cuando el amor se va por el desagüe, ¿quién se queda con los gatos? Y, más importante, ¿quién paga sus caprichos?
En este caso, la ex-esposa, que ha sido la beneficiaria de la custodia de los felinos –o, como diríamos en lenguaje judicial, su «cuidadora principal»–, demostró tener una capacidad económica inferior a la de su ex-cónyuge. Y aquí es donde la justicia, con un guiño de ojo a nuestros amigos de cuatro patas, ha entrado en acción. El juez no se anduvo con rodeos y, aplicando el reciente artículo 90 del Código Civil español –que, ojo al dato, habla de «medidas relativas a los hijos, si los hubiere, y al cuidado de los animales de compañía»–, decidió que era justo y necesario que el ex-marido contribuyera a los gastos de Lolo y Piti.
Así, durante los próximos diez años, o hasta que los felinos pasen a mejor vida (esperemos que tardeee), el ex-esposo tendrá que abonar la friolera de 100 euros por gato al mes. Eso incluye desde el pienso premium que Lolo y Piti seguro que exigen, hasta las visitas al veterinario, juguetes o, quién sabe, quizás hasta un rascador de diseño. La sentencia no solo es curiosa, sino que sienta un precedente importante, confirmando una tendencia creciente en España: las mascotas ya no son meros objetos, sino seres sintientes y parte fundamental de la unidad familiar. De hecho, no es el primer caso; ya hemos visto sentencias similares en Valencia o Barcelona sobre la custodia y manutención de perros.
En definitiva, este caso de Pontevedra nos recuerda que, hoy en día, las separaciones no solo separan personas, sino también destinos… y bolsillos, en lo que a nuestros queridos animales se refiere. Así que, la próxima vez que piensen en adoptar un animalito, recuerden: no solo están ganando un compañero, sino, quizás, ¡un futuro «beneficiario» de pensión alimenticia!
