Un jubilado ruso y el mosquito que le llevó a prisión

Un jubilado ruso y el mosquito que le llevó a prisión
Un anciano ruso de 81 años ha sido condenado a 2,5 años de cárcel tras estrangular a un adolescente de 16 años. Su defensa: lo confundió con un mosquito gigante durante una acalorada discusión con su mujer. Krivitsky admitió su culpa, alegando haber “perdido la cabeza” y sus manos fueron consideradas el arma del delito.
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Agárrense, que la historia que viene de la región de Cheliábinsk, Rusia, es de las que te hacen frotarte los ojos. Y no, no es el argumento de una nueva serie de Netflix, sino la vida misma, o al menos, la de un señor de 81 años llamado Iván Krivitsky.

Resulta que en julio, durante lo que parecía ser una tarde más, Krivitsky estaba en pleno fragor de una discusión con su esposa. De esas que suben de tono y donde uno ya no sabe ni por dónde le da el aire. En medio de este altercado conyugal, nuestro protagonista, de repente, se vino arriba, o se vino abajo, según se mire. En un ataque de ira (o lo que fuera), confundió a un muchacho de 16 años con… ¡un mosquito! Sí, un gnat, de esos bichitos pequeños y molestos que rondan por ahí. Pero, claro, este «mosquito» en cuestión era un adolescente en toda regla.

La cosa fue que, ni corto ni perezoso, Krivitsky se abalanzó sobre el pobre chaval y le puso las manos en el cuello, apretando con la vehemencia de quien espanta un enjambre. El resultado fue que el joven perdió el conocimiento y acabó en el suelo, para el asombro de los allí presentes, que tuvieron que intervenir para separar al octogenario de su víctima.

Cuando las autoridades llegaron y la situación se calmó (o al menos, se intentó), Krivitsky admitió su culpa, eso sí, con una explicación de lo más peculiar: aseguró que había “perdido la cabeza” y que la confusión con el insecto fue real. ¡Menudo despiste! La cosa es que la justicia rusa no vio la gracia por ningún lado. El tribunal lo sentenció a dos años y medio en una colonia penal por “infligir intencionadamente daño corporal moderado utilizando un arma o un objeto utilizado como arma”. ¿Y cuál fue el arma? Pues, atención, sus propias manos. Parece que, para la justicia, las manos de un abuelo enfadado pueden ser tan letales como cualquier otra cosa.

Lo más surrealista es que el juez señaló que Krivitsky “no pudo explicar qué hacía el adolescente en su casa”, lo que añade un toque de misterio digno de una trama de espías. Eso sí, se tuvo en cuenta que el hombre admitió su culpa, mostró remordimiento y cooperó, pero ni eso le salvó de acabar a la sombra. Así que ya saben, la próxima vez que vean un «mosquito» demasiado grande, asegúrense bien antes de intentar espantarlo, no vaya a ser que acaben como nuestro amigo Krivitsky.