
En el siempre sorprendente mundo de las excusas frente a las autoridades, creíamos haberlo escuchado absolutamente todo. Desde el clásico «el perro se comió mis deberes» hasta el socorrido «no sabía que iba a esa velocidad». Sin embargo, un individuo acaba de elevar el listón de lo absurdo a niveles estratosféricos tras disparar contra un avión de extinción de incendios forestales.
Una confusión de proporciones épicas
El suceso, que ha trascendido tras salir a la luz pública, nos deja una estampa tan peligrosa como cómica. Al parecer, el hombre decidió abrir fuego contra la aeronave mientras esta realizaba sus vitales labores sobrevolando la zona de un incendio. Los aviones cisterna y forestales, como bien sabemos, no se caracterizan precisamente por ser discretos: son aparatos inmensos, tremendamente ruidosos y, por lo general, cuentan con colores muy vivos para ser fácilmente detectables entre el espeso humo.
Sin embargo, al tener que dar explicaciones por su temeraria e injustificable acción de apuntar al cielo, el tirador ofreció una justificación que ha dejado a todo el mundo boquiabierto:
Afirmó con total rotundidad que disparó porque «pensó que eran cuervos».
¿Un grave problema de visión o la peor excusa del mundo?
Si analizamos la situación con un mínimo de lógica, la diferencia anatómica entre un ave de la familia de los córvidos y un avión de toneladas de peso es, cuanto menos, notable. Mientras que un cuervo promedio es un animal pequeño y de plumas negras, un avión forestal tiene motores que rugen y alas gigantescas.
- El tamaño: Un cuervo mide apenas unas decenas de centímetros. Un avión supera ampliamente los diez metros de envergadura.
- El sonido: Los pájaros graznan en la lejanía. Los motores de aviación atruenan el cielo entero y se escuchan a kilómetros de distancia.
- El contexto: Si hay un incendio forestal activo, la lógica dicta que lo que vuela por encima cruzando la humareda es un equipo de emergencia, no una enorme bandada de pájaros en formación militar.
Una visita urgente a la óptica
Más allá del peligro extremo que supone disparar al aire, especialmente hacia quienes están trabajando duro para apagar un fuego, lo que queda claro es que este hombre necesita una cita urgente con su oftalmólogo de confianza. Confundir el pesado fuselaje de una máquina voladora con las plumas de un ave es un síntoma inequívoco de que unas gafas nuevas le urgen mucho más que cargar su arma.
El incidente se corona desde ya como una de las anécdotas más extravagantes que nos ha regalado la crónica de sucesos reciente, demostrando una vez más que la realidad siempre supera a la ficción (y, muchas veces, a la comedia).
