Un hijo con mucho arte: se disfraza de su madre para cobrar la pensión

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¡Atención, amantes de las historias rocambolescas! Si pensabais que lo habíais visto todo en esto de buscarse la vida (o, mejor dicho, las pelas), esperad a conocer al protagonista de nuestra crónica de hoy. Desde la soleada Palermo, en Italia, nos llega un caso que podría ser el guion de una comedia negra, pero que, creednos, es más real que el café de la mañana.

Imaginaos la escena: una oficina de correos cualquiera. Gente haciendo cola, la rutina de siempre. Pero hay una figura que empieza a llamar la atención. Una señora mayor, siempre en silla de ruedas, que acude religiosamente a recoger su pensión. Hasta aquí, todo normal, ¿verdad? Pues no tanto. Porque esta «señora» tenía un tic peculiar: nunca, nunca se quitaba las gafas de sol. Ni para saludar, ni para firmar, ni para nada. Un detalle que, como veréis, resultó ser la puntilla de un plan, digámoslo, un tanto original.

Resulta que detrás de esa peluca, esas gafas de sol y ese toque de pintalabios (sí, ¡pintalabios!), no se escondía la venerable anciana a la que todos esperaban, sino su propio hijo, un hombre de 55 años con una creatividad digna de Hollywood… o de un delito de fraude en toda regla.

La historia es de traca: la madre había fallecido en 2012. Lejos de comunicar el deceso y arreglar los papeles, nuestro ingenioso palermitano vio una oportunidad. Una oportunidad de oro, concretamente 16.000 euros en dos años, el montante total de la pensión de su madre que él, con su disfraz, iba recolectando mes a mes. ¡Dos añazos! Haciendo el papelón, presentándose en la oficina de correos y «siendo» su madre.

La policía, ojo avizor (y seguramente con la mosca detrás de la oreja por las famosas gafas de sol), empezó a atar cabos. ¿Por qué la mujer siempre en silla de ruedas? ¿Por qué tanta insistencia en la oscuridad de las gafas? Demasiadas preguntas para una rutina aparentemente inocente. Así que, un buen día, cuando el hijo-madre acudió a su cita con el dinero, la policía decidió intervenir.

Y aquí viene el clímax de la película: lejos de rendirse con dignidad, nuestro «homenajeador» póstumo decidió plantar cara. Sí, el hombre de 55 años, vestido de su madre, en silla de ruedas, se enzarzó en una pelea con los agentes. ¡Qué imagen! Finalmente, fue reducido y arrestado, enfrentándose a cargos por fraude y resistencia a la autoridad.

Una lección, si es que hay alguna, de que los disfraces están bien para Carnaval, pero para asuntos de dinero y pensiones, lo mejor es ir con la verdad por delante. Aunque, la verdad sea dicha, hay que reconocerle un cierto ingenio dramático a este caballero. ¡Menuda historia para contar en las reuniones familiares!