
Imagina la escena: un día cualquiera en las oficinas del Departamento de Justicia de Nueva Gales del Sur, en Australia. Un lugar donde se respira ley y orden, donde se supone que la gente sabe distinguir el bien del mal. Pues bien, parece que a Stephen James Hopper, de 35 años, se le olvidó esa lección el día que decidió que el iPhone de su compañera, Sarah Leslie, quedaría mucho mejor en su bolsillo que en el de ella.
Lo que Hopper no tuvo en cuenta es que robar un smartphone en pleno siglo XXI no es como birlar una cartera en los tiempos de Dickens. Sarah, al darse cuenta de la misteriosa desaparición de su teléfono, no se puso a empapelar el barrio con carteles de ‘SE BUSCA’. Hizo algo mucho más efectivo: abrió la aplicación ‘Find My iPhone’.
El GPS, ese chivato implacable, no tardó en cantar. La señal del iPhone no venía de un oscuro callejón ni de una tienda de segunda mano. Venía, para sorpresa de nadie, del mismísimo escritorio de Stephen Hopper. El cerco se estrechaba.
Cuando Sarah y otros compañeros le preguntaron directamente, Hopper activó el protocolo de negación estándar: ‘¿Yo? Qué va, no sé de qué me hablas’. Pero su cara debía ser un poema, porque acto seguido hizo lo que haría cualquier culpable acorralado sin un buen plan: salir pitando. Su destino no fue la puerta de la calle, sino un lugar mucho más íntimo y desesperado: el cuarto de baño.
Sarah, que a estas alturas ya olía que el asunto era más turbio que el agua de un florero, le siguió. Al llegar, escuchó el sonido inconfundible de la cisterna. Hopper había decidido que la mejor coartada era un entierro acuático para el teléfono. Mala idea.
Con una calma digna de una película de espías, Sarah hizo lo último que a Hopper se le habría pasado por la cabeza: llamó a su propio número. Y entonces, ocurrió la magia. Desde las profundidades de las tuberías, un tímido pero claro tono de llamada respondió desde la curva en U del inodoro. ¡Pillado con las manos en la taza!
La policía no tardó en llegar. El pobre Hopper, ya sin escapatoria, confesó que ‘entró en pánico’ y que ‘no pensaba con claridad’. No nos digas. Acabó detenido, acusado de hurto y, como era de esperar, despedido de su trabajo en el mismísimo Departamento de Justicia.
El veredicto final fue una condena de 12 meses de buen comportamiento y la obligación de pagar 849 dólares para compensar a su compañera por el móvil, que fue rescatado pero, comprensiblemente, no estaba para muchos trotes. Una historia con moraleja: si vas a robar, al menos asegúrate de que el botín tenga el modo silencio activado.
