
¡Madre mía, qué pifia! La vida en el campo siempre tiene sus sorpresas, pero lo que le ocurrió a un grupo de miembros de la tribu Maasai en Kenia roza el guion de una comedia de enredo. Piénsalo: te contratan para un trabajo sencillo de vigilancia, y acabas en la cárcel por narcotráfico a gran escala sin haber fumado ni un porro en tu vida.
La acción se sitúa en Narok, concretamente en la zona de Olpusimoru. Varias familias Maasai, gente humilde y de la tierra, fueron reclutadas como guardias de seguridad para una finca. Su trabajo, según les dijeron, era proteger unos cultivos valiosos de los cacos. Ellos, con la mejor de las intenciones, se dedicaron con diligencia a vigilar lo que pensaban que era una plantación de maíz o, quizás, de coles exóticas. Lo que no sabían es que su empleador, conocido solo como ‘Mzee’ (un término respetuoso para ‘anciano’), era un auténtico ‘Pablo Escobar’ rural.
La tranquilidad de la sabana se rompió cuando la policía montó una redada monumental. El ‘maizal’ que custodiaban resultó ser una inmensa, y muy bien cuidada, plantación de bhang (marihuana). Estamos hablando de varias hectáreas de producto, valorado en millones de chelines. Un auténtico imperio verde que crecía bajo sus narices mientras ellos se preocupaban por si un pájaro se comía una espiga.
El drama no se quedó solo en el susto. Cuando la policía arrasó con la cosecha, los guardias —junto a sus esposas e hijos, un grupo de unas quince personas— fueron detenidos bajo la sospecha de haber participado en el negocio. Pero la cosa fue a peor: como parte de su contrato de vigilancia, estas familias se alojaban en pequeñas viviendas dentro de la finca. Al descubrirse la naturaleza ilícita del lugar, no solo perdieron su trabajo, sino que fueron inmediatamente desahuciados, quedando literalmente en la calle.
Los afectados se defendieron con una inocencia casi dolorosa ante los medios locales: ‘Nosotros no sabíamos nada. Mzee nos dijo que estábamos protegiendo maíz y pensamos que era un cultivo normal. Nunca consumimos la hierba ni sabíamos lo que era,’ declararon. Parece ser que el jefe de policía, Mwai Kiganjo, corroboró que los nativos parecían ser víctimas de una estafa laboral a gran escala, pero la ley es la ley, y estaban custodiando la escena del crimen.
Mientras Mzee, el supuesto agricultor, se esfumó como por arte de magia dejando a sus empleados en la estacada, estos Maasai pasaron de proteger lo que creían que eran coles a defender un alijo millonario sin enterarse de la misa la mitad. Sin duda, la próxima vez que acepten un trabajo de vigilancia, se asegurarán de que las plantas no huelan tan fuerte a ‘felicidad’.
