Trasplante de riñón con sorpresa: un hombre muere de rabia por un donante arañado por una mofeta

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Agarraos fuerte, porque la historia que os traemos hoy parece sacada de un guion de película de humor negro, pero es más real que el café de la mañana. ¿Imaginas recibir un trasplante que te salva la vida y que, por un giro del destino, acaba llevándotela de la forma más insospechada? Pues eso es lo que le ha pasado a un señor en Maryland, Estados Unidos, y no, no es una broma pesada.

Nuestro protagonista, un hombre de unos sesenta y tantos, estaba feliz de la vida (dentro de lo que cabe en una recuperación) tras recibir un riñón nuevo. Dieciocho meses después de aquel día que prometía una segunda oportunidad, el pobre hombre empezó a sentirse raro. Síntomas neurológicos chungos, de esos que te hacen pensar «aquí pasa algo gordo». Y sí que pasaba. Tras un sinfín de pruebas, los médicos dieron con el pastel: rabia. ¿Rabia? ¿Pero cómo? Si este hombre no había lidiado con zorros rabiosos ni había estado de safari en la jungla.

La clave estaba en el origen del órgano. Resulta que el donante, un chaval de veintitantos que había fallecido por una sobredosis (paz descanse), había tenido un pequeño percance con una mofeta un mes antes de su muerte. Sí, una mofeta. De esas con rayas blancas y que sueltan un pestazo que te tumba. Nadie le dio importancia en su momento, ni el chaval ni los que luego procesaron los órganos, porque seamos sinceros, ¿quién iba a pensar en la rabia por un arañazo de mofeta en un donante de órganos? La rabia es tan rara en humanos que no forma parte de los cribados rutinarios para donantes. ¡Normal!

Lo más chungo de este virus es su periodo de incubación, que puede durar semanas, meses e incluso años. En este caso, el virus se quedó durmiente en el cuerpo del donante y se reactivó en el riñón una vez trasplantado. ¡Menuda jugada! La mofeta, con su arañazo aparentemente inofensivo, se convirtió sin saberlo en un vector mortal a través de un trasplante.

El caso, investigado a fondo por el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), es el primero de su tipo que se registra en la historia. Una auténtica rareza médica. Por suerte, no todo fue tragedia para el resto de órganos de este donante. La otra persona que recibió un riñón y el que recibió el corazón fueron rápidamente tratados con profilaxis antirrábica en cuanto se detectó el problema. El receptor del hígado, por desgracia, falleció seis meses después por otras causas, pero sin rastro de rabia.

Así que, la próxima vez que veáis una mofeta, más allá de huir por el posible hedor, pensad que sus garras podrían llevar un secreto mucho más oscuro. Una historia que nos recuerda que la vida, y la medicina, siempre tienen sorpresas guardadas, algunas de ellas tan bizarras como esta.