Antes de coronar helados y batidos, el sirope de chocolate vivía detrás del mostrador de la farmacia. En el siglo XIX, los boticarios lo usaban para una tarea nada golosa: disimular el sabor repugnante de las medicinas. Aquel chorro marrón que hoy asociamos al postre nació, en realidad, como un truco de farmacéutico.
La idea venía de lejos. El cacao llevaba siglos tratándose casi como un fármaco: los pueblos de Mesoamérica ya lo empleaban contra los males de estómago, y cuando llegó a Europa se despachaba en las boticas más como remedio que como capricho —muy lejos todavía de virguerías modernas como el chocolate más fino del mundo.
¿Por qué el sirope de chocolate acabó en la farmacia?
Porque en la América del siglo XIX la farmacia era mucho más que una tienda de vendas: funcionaba como un pequeño laboratorio donde el boticario mezclaba sus propios jarabes. Y casi todas las medicinas se tomaban líquidas, con un sabor capaz de tumbar a cualquiera. El chocolate, denso y dulce, resultó el disfraz perfecto.
«Pocas sustancias las toman con tanto gusto los niños o los enfermos, y aún menos hay mejores que el chocolate para disimular el sabor de un medicamento amargo o nauseabundo», resumía en 1899 un manual del sector, The Pharmaceutical Era, según recoge Smithsonian.
¿Qué medicinas amargas disimulaba?
Las peores del botiquín de la época. El sirope de chocolate y otros jarabes dulces servían para enmascarar fármacos como la quinina —célebre por su amargor extremo— o los preparados de hierro, según recoge Darcy O’Neil, autor de Fix the Pumps, un libro sobre la química de las viejas fuentes de soda. Como tantos tópicos con un origen inesperado, la historia real es más sabrosa que la leyenda.
¿Cómo saltó de la botica a la heladería?
Aquí está el giro. De esos mostradores nacieron las fuentes de soda (las soda fountains), las barras donde el farmacéutico servía agua carbonatada —vendida como bebida saludable— aromatizada con sus jarabes. Se popularizaron entre 1880 y 1890 y vivieron su apogeo entre 1910 y 1930. No era el único invento de mostrador: la propia Coca-Cola empezó anunciándose como un tónico medicinal en esas mismas barras.
A medida que su papel medicinal se desdibujaba, aquel sirope que ya vivía en la farmacia encontró una nueva vida al otro lado del mostrador: el de las fuentes de soda y la heladería. El disfraz de la quinina se coló para siempre en helados, batidos y refrescos. Y no es la única comida con un pasado insólito: pregúntaselo al atún que se cura con moho.
Así que la próxima vez que aprietes el bote sobre una bola de vainilla, recuerda: ese chorro se inventó para que tragaras algo mucho menos apetecible.
Vía Neatorama y Smithsonian Magazine.

