Siete años sin poder lavar la ropa: la capital canadiense que por fin tiene lavandería

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En el vasto y helado territorio de Nunavut, en Canadá, existe una ciudad que, hasta hace poco, vivía anclada en una especie de purgatorio textil. Hablamos de Iqaluit, su capital. ¿El drama? La falta absoluta de una lavandería pública. Y no estamos hablando de un par de meses, no. Estamos hablando de siete largos años. Siete años en los que la calceta sucia se convirtió en el enemigo público número uno, llevando a sus habitantes al borde de la desesperación olfativa.

Pensemos en el horror logístico: es la capital de un territorio en un país desarrollado, con toda la tecnología del primer mundo a su alcance, salvo el humilde pero esencial servicio de lavadoras. Sin embargo, si eras residente de Iqaluit y tus coladas superaban tu paciencia, tenías tres opciones, a cual peor. La primera, ponerte a frotar como si estuvieras en el siglo XVIII, utilizando tus propias bañeras o lavabos (si tenías la suerte de poseer uno con capacidad decente). La segunda, y solo si eras rico o estabas muy desesperado, era empaquetar tu ropa sucia y enviarla en avión a otro sitio más civilizado para que te la devolvieran limpia, una opción tan cara como ridícula. La tercera, y más habitual, era depender de que algún conocido o vecino tuviera una lavadora privada, un lujo tan escaso en la zona que casi merecía el estatus de reliquia.

La razón de este calvario es sencilla, aunque chocante para el siglo XXI: la gran mayoría de las viviendas en Iqaluit no tienen las tomas de agua y desagüe necesarias para instalar electrodomésticos de lavandería. Así que, una lavandería pública no es solo una comodidad, ¡es una necesidad de salubridad básica para la comunidad! Los residentes estaban hartos de tener que lidiar con la ropa de deporte que apestaba a tundra o las sábanas que necesitaban una exfoliación de suciedad.

Finalmente, después de un lustro más dos años de sudor y lágrimas (literalmente), la corporación Qikiqtaaluk ha obrado el milagro: una flamante lavandería ha abierto sus puertas. Los residentes, que ya debían haber desarrollado bíceps impresionantes por el esfuerzo de frotar a mano durante tanto tiempo, ahora celebran este regreso a la modernidad. Parece mentira que en pleno Canadá, un país donde la tecnología va a la velocidad del rayo, un simple servicio de lavadoras sea motivo de fiesta nacional y portada en los periódicos. Es oficial: el hedor de siete años por fin ha desaparecido y las coladas pueden volver a ser automáticas. ¡Que corra el agua… y el suavizante!