
Imagina un paraíso gastronómico donde la comida llega a tu puerta, deliciosa y, lo mejor de todo, ¡gratis! Para un tipo en Corea del Sur, esto no era un sueño, sino una rutina diaria. Durante más de dos años, un hombre desempleado se ha marcado un ‘all-you-can-eat’ de proporciones épicas, zampándose más de 1000 platos sin soltar un solo won (la moneda local). La historia, digna de un guion de película de humor negro, ha dejado a los pobres repartidores y a la plataforma de delivery con la boca abierta y el bolsillo vacío.
El ‘modus operandi’ de este ‘lumbreras’ era tan sencillo como descarado. Nuestro protagonista pedía comida a través de una conocida aplicación utilizando números de teléfono no registrados o nombres falsos. Una vez que el pobre repartidor llegaba a la dirección, él ya tenía su jugada maestra preparada. Llamaba a la plataforma alegando que había habido un error en el pedido, que lo había solicitado por equivocación o que la dirección era incorrecta. La aplicación, en su afán por ofrecer un buen servicio y reembolsar rápidamente, le devolvía el dinero al instante. ¿Y la comida? Ah, la comida, esa sí que se la quedaba, a veces con malas maneras, otras con una caradura digna de estudio, llegando a intimidar a los repartidores para que le entregaran el pedido a pesar de la cancelación.
Pero esta fiesta de la gastronomía gratuita tenía un lado muy amargo, y no era el de una lechuga. Los auténticos paganos de este chanchullo eran los repartidores. Por evitar penalizaciones de la empresa o por no enfrentarse al tipo, acababan pagando los platos rotos (y la comida entregada) de su propio bolsillo. Se calcula que estos héroes de la carretera perdieron alrededor de 10 millones de wones (unos 7.300 euros al cambio actual) durante el tiempo que duró el engaño. Algunos, desesperados por la situación, tiraron la toalla y dejaron sus trabajos, hartos de perder dinero en cada entrega a este ‘listillo’.
Por si la cosa no fuera ya de película, nuestro ‘chef de la estafa’ no se guardó el secreto. Ni corto ni perezoso, se dedicó a enseñar sus artes oscuras a otros, creando una pequeña legión de ‘comensales fantasma’ que replicaban su método. La historia, como era de esperar, se extendió por la red y en las noticias locales, encendiendo todas las alarmas en la compañía de reparto y en la policía.
Como todo buen festín, este también tenía que acabar. La policía de Gangneung le ha echado el guante, y ahora se enfrenta a cargos de fraude por su particular ‘buffet libre’. Parece que sus días de atracones gratuitos han llegado a su fin. Una historia que, aunque curiosa y con un punto de humor negro por la audacia del individuo, nos recuerda que el ingenio, si se usa para el mal, siempre acaba saliendo caro. Y no, queridos lectores, no intentéis esto en casa, que aquí en España los repartidores tienen muy mala leche, y con razón.
