
Imagínate vivir en un sitio tan, tan pequeño, que para estirar las piernas tengas que meterlas en el agua o, directamente, irte a nadar un rato. Pues eso es lo que les pasa a los afortunados (o quizás valientes) habitantes de Santa Cruz del Islote, en el Caribe colombiano. Esta porción de tierra, que apenas supera el tamaño de dos campos de fútbol juntos –vamos, lo que viene siendo un pañuelo–, ostenta el título de ser la isla más densamente poblada del mundo.
Aquí, la intimidad es un concepto bastante relativo. Se calcula que unos 1.200 isleños hacen malabares para coexistir en tan poco espacio, sin dejar un solo centímetro cuadrado sin usar. De hecho, no hay ni cementerio en el islote; cuando la parca llama a la puerta, los difuntos son trasladados a una isla vecina para su descanso eterno. ¿Y qué pasa con el espacio libre? Pues simplemente no existe. El espacio es tan limitado que para construir nuevos edificios han tenido que recurrir a la técnica del ‘crecimiento por los lados’, usando escombros y conchas para ganar terreno al mar.
La vida en Santa Cruz del Islote es una oda a la sencillez y al ingenio. No hay agua potable (tienen que depender de un barco que la trae cada tres semanas) y la electricidad es un lujo que solo disfrutan unas pocas horas al día gracias a un generador. ¿Aire acondicionado? Eso suena a ciencia ficción aquí. Pero ojo, que no todo son penurias. La comunidad es increíblemente unida, la vida es tranquila (salvo por el jaleo de los vecinos, claro) y la delincuencia es un mito. ¡Ni un solo crimen en décadas! Quizás porque en un lugar tan pequeño, esconderse es prácticamente imposible.
La pesca es el motor económico principal, y no es raro ver a los niños ayudando desde pequeños. El turismo también empieza a hacer sus pinitos, porque, ¿quién no querría ver con sus propios ojos cómo es vivir en este peculiar paraíso? Así que, si eres de los que disfrutan del espacio personal y la tranquilidad, quizás Santa Cruz del Islote no sea tu próximo destino vacacional. Pero si te va la vida en comunidad y no te importa compartir tu cucharilla del café, este rincón del Caribe te espera con los brazos (y los edificios) muy, muy juntos.
