
Salem, Massachusetts, es un lugar que hizo su fortuna histórica a costa de la histeria colectiva y las persecuciones de mujeres en el siglo XVII. Por ello, la ciudad ha construido todo un imperio turístico alrededor de su macabro pasado. Pero, ¿qué pasa cuando decides pasar de la penitencia al reconocimiento oficial? Pues que se lía parda.
La última movida de los líderes de Salem ha sido darle el sello oficial a un título que ya existía de facto: el de ‘Bruja de Salem’. La afortunada o desafortunada, según se mire, es Laurie Cabot, una figura prominente del paganismo moderno y autoproclamada bruja desde hace la friolera de décadas. El reconocimiento viene a formalizar una figura que ya es un icono turístico, pero esto no ha gustado a todo el mundo.
La controversia viene servida, como si de una poción mal agitada se tratase. Hay una parte de los residentes que ve este nombramiento con escepticismo, o incluso con cabreo, argumentando que si bien el tema de la brujería es fundamental para el turismo y la identidad de la ciudad, no debería ser una figura reconocida y apoyada por el Ayuntamiento. Algunos lo ven como una falta de decoro cívico, mientras que otros lo interpretan como un movimiento de marketing de Halloween que se les ha ido completamente de las manos, rozando el esperpento.
Por otro lado, los defensores del nombramiento —muchos de ellos pertenecientes a la comunidad pagana— ven esto como un paso monumental hacia el reconocimiento y la aceptación de las distintas religiones y tradiciones. Después de todo, Salem se ha labrado una reputación como un lugar donde la brujería se practica libremente. Sea como fuere, ahora la ciudad tiene una figura oficial que, suponemos, estará disponible para consultas sobre encantamientos, problemas de vecinos ruidosos y, quizá, para predecir si el presupuesto municipal será aprobado. Un giro muy curioso para la ciudad donde antes te colgaban por llevar un sombrero puntiagudo.
