Justo cuando creíamos que el currículum de excentricidades de Robert F. Kennedy Jr había tocado techo con la rocambolesca historia del parásito cerebral o la vez que confesó haber abandonado un oso muerto en Central Park, el político estadounidense ha decidido subir la apuesta. Según ha trascendido recientemente, Kennedy ha confesado haber participado de forma activa en una cirugía a corazón abierto manejando un sofisticado brazo robótico. El pequeño gran detalle es que, por si había alguna duda, no es médico.
El quirófano como salón recreativo
La surrealista confesión señala que, durante una visita a un centro médico, un cirujano (que probablemente sea el profesional más relajado del mundo con las normas éticas y legales) le invitó a lavarse las manos, ponerse la indumentaria quirúrgica y tomar los mandos de un sistema robótico de millones de dólares. Todo esto, al parecer, con un paciente anestesiado en la mesa de operaciones.
Estaba en la consola manejando los mandos del brazo robótico mientras este se encontraba dentro del paciente.
Para poner en contexto la magnitud de esta supuesta imprudencia, manejar estos dispositivos requiere años de intenso entrenamiento especializado. Dejar que un político o abogado juegue a ser cirujano con los mandos de un robot de altísima precisión es algo que ni siquiera los guionistas de series médicas se atreverían a escribir por pura falta de credibilidad.
¿Por qué la comunidad médica se tira de los pelos?
- Falta de licencia: Es flagrantemente ilegal y un delito penal realizar cualquier tipo de intervención médica en humanos sin la correspondiente titulación y licencia en vigor.
- Riesgo crítico para el paciente: Un mal movimiento milimétrico con los mandos puede seccionar una arteria vital o causar daños irreversibles en cuestión de milisegundos.
- Responsabilidad civil extrema: De ser cierto, el hospital y el cirujano titular se enfrentarían a demandas astronómicas y a la pérdida de la licencia médica de por vida.
Un misterio médico sin resolver
Por el momento, no ha trascendido el nombre del temerario hospital ni del cirujano que supuestamente organizó este bautismo de fuego clandestino para Kennedy. Mientras algunos dudan de la veracidad de la anécdota y piensan que podría tratarse de una simple exageración mediática del político, numerosos profesionales de la salud están genuinamente horrorizados pidiendo investigaciones. Sea una fanfarronada o una terrorífica negligencia real, esta historia demuestra una vez más que la realidad siempre tiene margen para superar a la ficción.




