
De la ciencia ficción a la sabana africana
Parece el origen de un superhéroe de cómic, pero es una de las estrategias de conservación más fascinantes y extremas de los últimos tiempos. Científicos y expertos en energía nuclear de Sudáfrica han decidido tomar una medida drástica para proteger a una de las especies más amenazadas del planeta: inyectar isótopos radiactivos en los cuernos de los rinocerontes.
El proyecto, bautizado acertadamente como el Rhisotope Project, surge de la desesperación por frenar la incesante sangría de la caza furtiva. Y es que el mercado negro asiático paga auténticas fortunas por estos cuernos, no por sus supuestas propiedades medicinales, sino como un simple y triste símbolo de estatus para impresionar a colegas de negocios.

¿Peligro para el animal o para el contrabandista?
La primera pregunta que a cualquiera se le pasa por la cabeza es si meter radiación en un animal es seguro. James Larkin, director de la Unidad de Física de la Salud y Radiación de la Universidad de Witwatersrand, es tajante al respecto:
«No, no dañará a los animales y, no, no brillarán en la oscuridad».
Tras seis años de rigurosas pruebas, primero con modelos computacionales en laboratorio y después inyectando a una veintena de rinocerontes en la provincia de Limpopo, se determinó que la dosis es totalmente inofensiva. Para el animal, es el equivalente humano a someterse a tres tomografías computarizadas (TAC) al año. Sin embargo, esta leve firma radiactiva es más que suficiente para desatar el pánico en los controles aduaneros internacionales.
El escudo nuclear global, ahora aliado de la naturaleza
Aquí es donde radica la genialidad absoluta de la idea. Desde hace años, debido al riesgo de terrorismo nuclear, los puertos, fronteras y aeropuertos de todo el mundo cuentan con sofisticados detectores de radiación. El equipo de conservación simplemente ha decidido aprovecharse de esta inmensa red de seguridad que ya está instalada e infrautilizada en la protección de la fauna.
Si un contrabandista intenta meter un cuerno «marcado» en un avión, hará saltar todas las alarmas antiterroristas. El objetivo no es solo atrapar a los traficantes con las manos en la masa, sino disuadirlos por completo. ¿Quién querría enfrentarse a cargos por contrabando de material radiactivo en un aeropuerto internacional?

Un negocio clandestino manchado de sangre
La situación de la especie es verdaderamente crítica. A principios del siglo XX, unos 500.000 rinocerontes vagaban a sus anchas por el mundo; hoy apenas quedan unos 27.000. Solo en Sudáfrica, hogar de la mayor población mundial con unos 16.000 ejemplares, unos 500 rinocerontes son masacrados cada año por sus cuernos, que pueden alcanzar la mareante cifra de más de 60.000 euros en el mercado clandestino.
Ante este panorama tan desolador, la iniciativa ya ha sido aplaudida internacionalmente, incluso por el propio director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). De hecho, el éxito inicial ha sido tal que ya hay conversaciones en marcha para intentar adaptar esta tecnología al rescate de otras especies brutalmente asediadas, como los elefantes por sus colmillos de marfil y los pangolines por sus cotizadas escamas. Esperemos que esta ingeniosa medida científica logre, por fin, cortarles el rollo a los cazadores furtivos de una vez por todas.
