El radar que veía a 3.000 km y llegó tarde a la Guerra Fría

Estados Unidos plantó en el desierto de Oregón un radar capaz de ver aviones a 3.000 kilómetros. Cuando por fin estuvo listo, la URSS ya se caía…

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Estados Unidos plantó en el desierto de Oregón un radar capaz de ver aviones a 3.000 kilómetros. Cuando por fin estuvo listo, la URSS ya se caía…

En el desierto alto de Oregón, a unos 26 kilómetros del pueblo de Christmas Valley, Estados Unidos levantó tres formaciones de antenas de acero que sumaban más de doscientas torres, las más altas por encima de los cuarenta metros. El radar que componían, el AN/FPS-118, detectaba aviones hasta a unos 3.000 kilómetros, muy por detrás del horizonte, rebotando ondas de radio en la ionosfera. Y quedó obsoleto casi el mismo día en que estuvo listo, porque el enemigo al que iba a vigilar dejó de existir.

¿Cómo puede un radar ver más allá del horizonte?

Un radar convencional lanza su señal en línea recta, y la Tierra tiene la fea costumbre de ser curva: pasados unos cientos de kilómetros, se queda ciego. El truco del over-the-horizon backscatter (retrodispersión transhorizonte) era otro. Emitía en onda corta, entre 5 y 28 MHz, apuntando al cielo: la señal rebotaba en la ionosfera, caía sobre el Pacífico a miles de kilómetros y el eco volvía por el mismo camino. La atmósfera hacía de espejo.

Hilera de altísimas torres de celosía metálica unidas por cables, alineadas hasta perderse en el horizonte de un llano desértico
Uno de los conjuntos de antenas de Christmas Valley. Foto: Historic American Engineering Record, Biblioteca del Congreso (dominio público).

El montaje era tan grande que no cabía en un solo sitio. El transmisor estaba en la estación de Christmas Valley y el receptor, a casi doscientos kilómetros, en Tule Lake (California); los datos se procesaban en la base aérea de Mountain Home, en Idaho. Lo diseñó y construyó GE Aerospace.

¿Por qué se apagó casi nada más estrenarse?

La estación se estableció en 1985 con una idea clara: ver llegar a los bombarderos soviéticos cuando todavía estaban sobre el océano. Pero la Fuerza Aérea no dio por bueno el sistema de la costa oeste hasta finales de 1990 y, según la Federación de Científicos Americanos, esos radares quedaron aparcados pocos meses después de desplegarse. La Unión Soviética se disolvió en diciembre de 1991 y se llevó por delante el motivo de todo aquello. El programa había costado alrededor de 1.500 millones de dólares repartidos en 25 años.

Pasillo interior con una larga fila de armarios de transmisores y gruesos cables acanalados que bajan desde el techo
La sala de transmisores y los cables que alimentaban las antenas. Foto: Historic American Engineering Record, Biblioteca del Congreso (dominio público).

El trasto aguantó reciclado hasta 1997: la Patrulla Fronteriza aprovechó sus datos para seguir avionetas de narcotraficantes y la NOAA, para medir vientos y corrientes en la superficie del océano. Ese año pasó a almacenamiento en caliente, en 2002 se desactivó del todo y el equipo se fue desmontando en los años siguientes. Otra estampa de la misma guerra de nervios: la noche en que la CIA desmontó una sonda lunar soviética y la devolvió antes del amanecer.

¿Qué queda hoy en Christmas Valley?

Del radar militar no queda ni una antena; sí algunos edificios y torres sueltas. Y, en el lado sur de la propiedad, dos radares científicos que el Dartmouth College instaló allí en 2010 con dinero de la Fundación Nacional de Ciencias: se llaman Christmas Valley West y Christmas Valley East y forman parte de la red internacional SuperDARN.

Hacen justo lo contrario que su antecesor. Aquel usaba la ionosfera como espejo para espiar aviones; estos la estudian a ella. Tampoco es el peor final para un cacharro de mil quinientos millones, visto lo que han dado de sí otros inventos militares: el microondas salió de un radar, y hubo un reino diminuto que alquiló su trozo de órbita por millones.

Vía Federation of American Scientists, con datos de Christmas Valley Air Force Station y SuperDARN@Dartmouth.