Crean la primera célula sintética que come, crece y se divide

Ilustración de una célula sintética dividiéndose en un laboratorio, en alusión a SpudCell, la primera creada desde cero
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Durante siglos, «crear vida» ha sido cosa de dioses, brujos y guionistas de ciencia ficción. Pues un laboratorio de Minnesota acaba de fabricar una célula partiendo de cero, molécula a molécula, y la ha visto comer, crecer y partirse en dos. Sin chispa mágica. Sin trampa. Solo química de la aburrida.

La han bautizado SpudCell y es la primera célula sintética que completa un ciclo entero: se alimenta, copia su genoma y se divide, generación tras generación. La firma el equipo de la bioquímica Kate Adamala, en la Universidad de Minnesota.

De qué está hecha una célula fabricada a mano

Nada de células robadas ni ADN prestado de un ser vivo. SpudCell es una burbuja de grasa —un liposoma— con entre 150 y 200 moléculas dentro y un genoma de 90.000 letras repartido en siete anillos de ADN. Para que te hagas una idea: una célula de verdad maneja miles de millones de moléculas. Esta va con lo justo para arrancar.

Microscopía de fluorescencia de la célula sintética SpudCell dividiéndose en dos, el primer sistema ensamblado desde cero
Secuencia de división de SpudCell bajo el microscopio. Crédito: Adamala Lab / Universidad de Minnesota.

Hemos replicado en química lo que antes solo era posible en biología. Demuestra que las funciones más básicas de la vida no necesitan una chispa mágica y misteriosa.

Lo dice la propia Adamala, y ahí está el matiz jugoso: la biología lleva una racha de titulares imposibles —de hacer brotar plumas de dinosaurio en pollos a cocinar una célula entera— demostrando que hasta lo que creíamos exclusivo de los seres vivos, desde el comportamiento escrito en el ADN hasta la propia división celular, es, al final, química.

Ojo: es un bebé y encima muy torpe

Antes de imaginar ejércitos de células artificiales, calma. SpudCell es, en palabras del propio equipo, «increíblemente pardilla». Se divide una vez cada doce horas —una E. coli lo hace cada treinta minutos—, aguanta apenas cinco generaciones, no fabrica sus propias proteínas y necesita que la alimenten a mano y la mantengan a 30 grados. Sin cuidados de laboratorio, se apaga.

Hay otra pega nada menor: el trabajo aún no ha pasado la revisión por pares. Se ha publicado como preprint —la revista Cell lo rechazó, con un revisor preguntando si aquello era «biología de verdad»— y el equipo, lejos de patentarlo, ha liberado los planos para que cualquiera los use.

¿Y la pregunta del millón? ¿Está viva? Ahí los expertos pisan el freno. «Yo diría que Kate ha construido una célula. No creo que haya creado vida», zanja el bioingeniero Drew Endy, de Stanford. Fabricar las piezas de la vida y encenderla siguen siendo, de momento, dos cosas separadas por un abismo.

Aun así, que un puñado de grasa y ADN cocinado en un tubo aprenda a dividirse solo, sin ayuda divina, es de esas cosas que hace nada solo pasaban en las películas. La chispa mágica, resulta, era química.

Vía ScienceAlert.