Voló dentro de un huracán en 1943 para ganar una apuesta

Avión amarillo de hélice de los años 40 volando hacia el ojo de un huracán, el primer vuelo dentro de una tormenta
Ilustración generada con IA: recreación del primer vuelo dentro del ojo de un huracán (1943).
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El 27 de julio de 1943, el teniente coronel estadounidense Joseph Duckworth hizo algo que ningún piloto había intentado nunca a propósito: metió su avión en el corazón de un huracán. ¿El motivo? Una apuesta con sus compañeros. ¿El premio? Una copa.

Aquella mañana, en una base aérea del interior de Texas donde se entrenaba a pilotos a volar por instrumentos, un huracán en toda regla se acercaba a la costa. En lugar de poner los aviones a resguardo, Duckworth vio la ocasión perfecta para zanjar una discusión.

¿Por qué se metió en un huracán por una apuesta?

En la base entrenaban también pilotos británicos, que se reían del AT-6 Texan, el pequeño monomotor de prácticas, por considerarlo demasiado endeble para el mal tiempo tejano. Duckworth, instructor jefe y convencido de lo que enseñaba, les apostó que podía colarse en la tormenta y volver de una pieza. Lo que había en juego no era la gloria, sino un simple cóctel.

Como sabía que sus superiores jamás autorizarían semejante locura, ni se molestó en pedir permiso. Se subió al avión con el segundo teniente Ralph O’Hair de navegante y puso rumbo al centro del huracán.

¿Qué se siente al volar dentro de un huracán?

Poco glamuroso, según O’Hair, que describió el vuelo como ir dando tumbos igual que un palo en la boca de un perro. Zarandeados por el viento y la lluvia, atravesaron la pared de nubes y, de golpe, se colaron en el ojo del huracán: esa calma extraña e inquietante en mitad del caos. Duckworth tomó notas a mano mientras el aparato aguantaba el tipo.

Aterrizaron sin un rasguño. Y aquí viene lo mejor: el oficial de meteorología de la base, el teniente William Jones-Burdick, no quiso quedarse sin su ración de adrenalina científica y pidió repetir. O’Hair le cedió el sitio y Duckworth despegó otra vez para tomar mediciones en condiciones. Dos vuelos dentro de un huracán en una sola mañana.

¿Para qué sirvió aquella temeridad?

Para convertir una locura hecha por una copa en ciencia de verdad. Aquel vuelo improvisado demostró que se podía llegar hasta el centro de un huracán y salir para contarlo, y sentó las bases de la caza de huracanes: los aviones que hoy se meten en las tormentas para medirlas y salvar vidas. Y no era un capricho gratuito: el huracán sorpresa de 1943 golpeó de lleno la costa de Texas y dejó diecinueve muertos, así que entender esas tormentas por dentro importaba, y mucho.

¿Y la copa? No hay constancia de que Duckworth llegara a cobrarla, aunque tampoco lo castigaron por saltarse las normas: cuesta reñir a quien acaba de inventar una disciplina entera. Ocho décadas después, sus herederos siguen entrando en el ojo de la tormenta, aunque con aviones algo más serios y hasta con pizza a domicilio en pleno vuelo. La aviación no ha dejado de superarse desde entonces —hasta pulverizar récords de tráfico aéreo—, pero pocas hazañas nacieron de algo tan tonto como ganar una ronda.

Vía Today I Found Out.