Imagina un mundo parecido a Júpiter que no se limita a reflejar la luz de su estrella, sino que brilla por sí mismo con un resplandor de color magenta apagado, como el de una flor de cerezo oscura. Existe de verdad, está a 57 años luz y los astrónomos llevaban más de una década peleándose por leer su atmósfera. El telescopio espacial James Webb lo ha conseguido en apenas dos horas… y lo que ha encontrado es sal.
El planeta se llama GJ 504 b, aunque casi todo el mundo lo conoce por un apodo mucho más vistoso: el planeta rosa. Es un gigante gaseoso tan joven que todavía irradia el calor de su propia formación, y ese calor sobrante es justo lo que le regala ese tono rosado tan poco habitual en el catálogo cósmico.
Nubes de sal a 290 grados
Un equipo dirigido por Aneesh Baburaj, de la Universidad Northwestern, apuntó hacia él el espectrógrafo de infrarrojo cercano del Webb. En el espectro aparecieron los sospechosos habituales —agua, metano, amoníaco, monóxido de carbono—, pero los números no terminaban de cuadrar hasta que el equipo añadió un ingrediente que jamás se había metido en estos modelos: nubes de sal.
Y no hablamos de sal de mesa. Se trata de cloruro de potasio y sulfuro de zinc condensados en lo alto de una atmósfera que ronda los 290 °C. Es la primera prueba directa de nubes saladas en un objeto frío, algo que la teoría predecía desde hace más de quince años pero que nadie había llegado a ver.
Telescopios gigantes en tierra lo habían intentado durante noches enteras sin éxito. El Webb lo resolvió en unas dos horas.

Por qué importa un planeta de color cereza
GJ 504 b es uno de los pocos exoplanetas fotografiados de forma directa, y de los más esquivos: pesa unas 25 veces más que Júpiter, tanto que los científicos todavía discuten si es un planeta de pleno derecho o una enana marrón en miniatura. Esa rareza lo convierte en un laboratorio perfecto para afinar cómo entendemos las atmósferas de otros mundos.
El hallazgo también demuestra hasta dónde llega el Webb cuando se trata de objetos lejanos y débiles. No es la primera vez que nos deja con la boca abierta: hace poco, otro telescopio europeo retrató 60 millones de estrellas de un solo plumazo, y mientras tanto, más cerca de casa, un asteroide rozaba la Tierra como no lo hacía desde 1600.
Así que la próxima vez que alguien diga que en el espacio no pasa nada, ya tienes respuesta: a 57 años luz hay una bola rosa de gas que, en sus alturas, llueve sal. Que venga la cocina molecular a superar eso.
Vía ScienceAlert. Estudio publicado en The Astronomical Journal (phys.org).

