
Imaginen la escena: usted está cómodamente sentado en su asiento, el cinturón abrochado, listo para tomar tierra o, mejor dicho, aire. Los motores rugen, y la promesa de unas vacaciones o un viaje de negocios está a punto de cumplirse. Pero, ¡alto! En la cabina, el responsable de llevarles sanos y salvos a su destino no parece estar en condiciones óptimas. De hecho, parece que ha confundido la sala de espera VIP con una barra libre.
Esto es exactamente lo que ocurrió en un aeropuerto español, donde un piloto de aerolínea fue retirado de su puesto a la fuerza, minutos antes de que el avión emprendiera el vuelo con un pasaje completo. El motivo era tan simple como alarmante: el capitán estaba borracho, demostrando que algunos profesionales deciden que su jornada laboral empieza con un ‘chupito’ de combustible de aviación, metafóricamente hablando.
Según los informes, fueron miembros de la propia tripulación quienes dieron la voz de alarma. Al parecer, el piloto mostraba signos evidentes de embriaguez, incluyendo dificultades para coordinar movimientos y, presumiblemente, una charla incoherente que podría haber sonado a instrucciones de vuelo dadas por un pirata que ha encontrado el ron. Nadie quiere que su comandante de vuelo parezca estar a punto de echarse una siesta épica antes de alcanzar la altura de crucero.
La intervención rápida de las autoridades aeroportuarias evitó lo que podría haber sido, sin duda, un vuelo memorable por las razones equivocadas. Piénsenlo: despegar con un capitán que ve doble la pista de aterrizaje es, cuanto menos, una experiencia de alto riesgo que ni las mejores películas de catástrofes se atreven a imaginar sin un guion de comedia negra. La estabilidad del avión iba a depender, probablemente, de la fuerza centrífuga de los tragos que llevaba encima el piloto.
El capitán fue inmediatamente inmovilizado y retirado del avión, enfrentándose a graves consecuencias legales y profesionales. Es decir, que no solo perdió el vuelo, sino probablemente su carrera. Y todo por intentar pilotar un Boeing como si fuera un kart después de unas cuantas copas de más. La aerolínea tuvo que gestionar rápidamente el incidente, encontrando un piloto sustituto para que los pasajeros pudieran llegar a su destino, aunque con un retraso considerable.
Sin embargo, nadie se quejó demasiado; todos preferimos llegar tarde y sobrios, a tiempo y ‘a la deriva’ gracias a un capitán pasado de revoluciones alcohólicas. La moraleja, si la hay, es clara: si va a beber, mejor pida un taxi. O si es piloto, espere a las vacaciones, en tierra.
