
Las reuniones eclesiásticas suelen ser fuente de paz y reflexión, pero en una iglesia de Luisiana el ambiente se puso más tenso que una final de la Champions. La protagonista involuntaria de este drama espiritual es Brenda Washington, una feligresa que acudió al servicio sin imaginar que recibiría un diagnóstico médico-esotérico que ni el mismísimo Iker Jiménez se atrevería a dar.
El encargado de soltar el bombazo fue el reverendo John W. C. Hill. En mitad del sermón, el pastor debió sentir una conexión divina especialmente intensa, porque señaló a la señora Washington y sentenció: «Tienes el espíritu de una bruja». Sí, así, sin anestesia ni pasar por la consulta del demonólogo de cabecera. Acto seguido, y cumpliendo con el protocolo de limpieza espiritual, el reverendo invitó a la feligresa a abandonar el templo inmediatamente. Un desalojo exprés por causas demoníacas.
Para Washington, el incidente no fue una experiencia mística, sino una humillación en toda regla. La señora se sintió «profundamente insultada y avergonzada» de ser catalogada como practicante de las artes oscuras delante de toda la congregación. Y no es para menos. Imaginen el disgusto al ir a buscar consuelo espiritual y salir con la etiqueta de ser una potencial candidata a la hoguera, o, peor aún, una amenaza para las flores del altar.
Lejos de tomar la escoba y marcharse volando, la señora Washington ha exigido una retractación pública por parte del pastor. Argumenta que la acción de Hill, calificada por ella como despiadada, ha dañado su reputación dentro de la comunidad de fieles. Y es que claro, hoy en día, que te echen de misa por brujería es mucho más difícil de justificar que si te echan por poner el móvil en modo vibración durante el Padrenuestro. Parece que el reverendo Hill necesita actualizar sus métodos de detección de pecados. O quizás, simplemente, revisar si el aire acondicionado no le está afectando a la percepción de la realidad.
