Papá Noel acaba en el calabozo tras un encontronazo con Inmigración

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Cuando uno piensa en el lado oscuro de la Navidad, suele imaginarse juguetes rotos o villancicos desafinados. Pero pocos esperarían que el protagonista fuese el propio Santa Claus, y menos aún, que su problema fuera de papeleo con las autoridades de Inmigración y Aduanas (ICE) de Estados Unidos. Esta historia, digna de un guion de comedia, nos lleva al frío de Chicago O’Hare.

Allí aterrizó Frank L. W. Ryan, un hombre que se gana la vida enfundándose el icónico traje rojo y que acababa de llegar directamente de Suecia, listo para participar en una convención de Santas o algo igual de inverosímil. Lo más épico del asunto es que Ryan no se había molestado en quitarse su atuendo de trabajo: barba blanca postiza, barriga generosa y el traje de terciopelo. Debió de pensar que la vestimenta le daría inmunidad diplomática.

El problema, sin embargo, no era su sobrepeso ni su afinidad por las galletas, sino la burocracia. Al parecer, nuestro querido Santa llegó con un visado que no le permitía trabajar en suelo estadounidense, o tal vez ni siquiera llevaba el correcto, argumentando que su visita era puramente social. Pero claro, cuando llegas vestido de Papá Noel profesional en plena temporada alta y tienes programada una agenda llena de eventos de la industria navideña, es complicado convencer a un agente de ICE de que solo estás de turismo para ver museos y hacer un poco de *shopping*.

El agente de ICE debió pensar: ‘Vale, ¿y dónde está el reno? ¿Dónde está el permiso de aterrizaje del trineo?’. El resultado fue inevitable: Frank L. W. Ryan fue detenido, en su totalidad y con el traje puesto. Se le aplicó el código de ‘inadmisión’ por motivos migratorios. Imaginad la estampa en la sala de detención, con el tipo más alegre del mundo sentado junto a otros detenidos, esperando a ser deportado, con el gorro rojo todavía en la cabeza. Aunque no pasó mucho tiempo tras las rejas, sí el suficiente como para perderse parte de su agenda navideña. La moraleja de la historia es clara: la magia navideña es poderosa, pero contra el formulario I-94 y las leyes de inmigración estadounidenses, ni un ejército de elfos puede hacer nada. El mejor regalo que puedes hacerle a ICE es tener los papeles en regla. ¡Feliz deportación, digo, Navidad!