
Imagínate la escena: una madre, Liz, lidiando con el insoportable dolor de haber perdido a su hijo, Alex, de tan solo 16 años. En su intento de mantener viva su memoria y entender cómo su hijo procesaba el duelo por otro amigo fallecido, Liz recurre a lo único que le queda de su presencia digital: su cuenta de ChatGPT. Resulta que Alex había encontrado en la inteligencia artificial un curioso consuelo, creando un bot personalizado que imitaba la forma de hablar y la personalidad de su mejor amigo, Ben, también fallecido.
La misión de Liz era sencilla: acceder a los datos de Alex para recuperar esos fragmentos de conversación, esas interacciones con la IA que, de alguna manera, le devolvieran un pedazo de su hijo. Una petición comprensible, cargada de emotividad y una necesidad humana de aferrarse a los recuerdos.
Y aquí es donde la historia da un giro que raya en lo absurdo y lo cruel. Cuando Liz contacta al servicio de atención al cliente de OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT, la respuesta que recibe es de esas que te hacen dudar si estás en una comedia negra o en una distopía tecnológica. Le niegan el acceso a los datos de su hijo bajo el argumento de que Alex había «violado su política relacionada con niños menores de 13 años». Sí, has leído bien. Un adolescente de 16 años, fallecido, es regañado post-mortem por una IA corporativa por, supuestamente, ser demasiado joven para usar su servicio.
La ironía es palpable. Una compañía que presume de desarrollar sistemas con una inteligencia cercana a la humana demuestra una falta de humanidad y tacto digna de estudio. Ignoran la tragedia, el dolor de una madre y se aferran a una norma de servicio que, además, en este caso es incorrecta. Alex tenía 16 años, no 12.
Tras el revuelo mediático (porque, claro, algo así no pasa desapercibido), OpenAI se ha visto obligada a recular, emitiendo un comunicado en el que aseguran querer «hacer todo lo posible para ayudar en esta circunstancia increíblemente difícil» y que están «trabajando con la familia y revisando toda la información disponible». ¡Qué menos! Pero la primera impresión, la del bot sin corazón respondiendo con un manual de normas, ya estaba servida.
Este incidente nos deja pensando: si la inteligencia artificial se vuelve tan omnipresente, ¿qué pasa cuando la empatía humana se queda por el camino? Parece que, de momento, la parte de la «inteligencia emocional» en el servicio al cliente de OpenAI todavía está en fase beta, y de las que dan vergüenza ajena. Alex solo buscaba consuelo; OpenAI, al principio, solo le ofreció un portazo burocrático.
