
Imaginad la escena: una noche tranquila, sofá, manta, y la imperiosa necesidad de sumergirse en ese maratón pendiente de Netflix. Pero, ¡ay, tragedia! La contraseña no funciona. Vuelves a intentarlo, nada. Frustración. Ahora, multiplicad esa frustración por mil, añadidle un toque de rabia acumulada, y tendréis la receta para la peculiar detención que ha sacudido la apacible Martins Ferry, en Ohio.
Los protagonistas de este culebrón moderno son Joseph D. Gittings, de treinta primaveras, y Michael A. Williams, de veintiséis. La policía local recibió un chivatazo sobre una trifulca en un bloque de apartamentos que prometía ser la típica bronca de vecinos. Y lo que encontraron superaba cualquier guion de serie B: a nuestros dos ‘héroes’ dándose de tortas por el pasillo. Sí, leéis bien, a puñetazo limpio, como si de una batalla medieval se tratara, pero con un toque muy del siglo XXI.
¿El motivo de tamaña demostración de afecto? Nada de deudas millonarias, ni amores prohibidos, ni quién dejó la taza sucia en el fregadero. ¡La puñetera contraseña de Netflix! Según las diligencias policiales, Williams solo quería disfrutar de su noche de series y relajarse, pero Gittings, en un acto de sabotaje digital digno de un villano de cómic, se dedicaba a cambiar la clave una y otra vez. Imaginaos el ‘cliffhanger’: intentas acceder a tu perfil y… ¡sorpresa! ‘Contraseña incorrecta’. Una y otra vez. La paciencia tiene un límite, y el de Williams parece ser el número de cambios de clave en Netflix.
Lo que empezó como una discusión acalorada —probablemente aderezada con algún que otro grito y reproche sobre la titularidad de la cuenta, los derechos de visionado y la cortesía digital— degeneró rápidamente en una batalla campal. Los agentes tuvieron que separarlos de su particular ‘ring’ improvisado, poniendo fin a la ‘pelea por el mando’ de una forma bastante más contundente de lo habitual. ¿El resultado? Una acusación de agresión menor para ambos combatientes. Porque, al final, la justicia es ciega… y no le importa si tu serie favorita se quedó a medias o si te perdiste el final de temporada.
Así que, la próxima vez que compartáis cuenta de Netflix (o de cualquier otra plataforma, que esto es extrapolable a Disney+, HBO Max, o lo que sea), recordad la historia de Gittings y Williams. Quizás sea mejor tener una contraseña que funcione para todos, o, en su defecto, negociar los turnos de visionado con la diplomacia de un embajador de la ONU, antes de acabar en comisaría por un ‘spoiler’ inesperado… o, peor aún, por no poder ni empezar la serie. El precio de la televisión a la carta, a veces, es más alto de lo que parece, llegando incluso a la libertad personal.
