
Bienvenidos a Nelsonville, Ohio, un pequeño pueblo que acaba de elevar el concepto de ‘política local disfuncional’ a una forma de arte escénica. Si pensabas que los debates en tu comunidad eran tensos, espera a ver cómo funcionan las cosas cuando, literalmente, tienes dos gobiernos compitiendo por la misma silla.
Todo este sainete político tiene su origen en una disputa bastante mezquina. El Consejo de la Ciudad ya venía arrastrando divisiones internas, pero la cosa explotó cuando se produjo un empate (3-3) sobre la destitución del Presidente del Consejo y del Escribano/Tesorero. El alcalde, con la autoridad que le confiere su cargo, decidió que el empate significaba que los puestos quedaban vacantes y siguió adelante con la nominación de nuevos miembros. Esto, como era de esperar, no le sentó nada bien a la facción que quería mantener a los originales en el poder.
La cumbre del absurdo se alcanzó cuando las dos facciones, ambas convencidas de ser la única autoridad legítima, decidieron celebrar sus reuniones a la misma hora. Una facción se reunió en la sala oficial del Consejo (el lugar ‘premium’) y la otra se refugió en la sala de reuniones del sótano (el ‘lado B’ del poder municipal). Lo más hilarante de todo es que ambas reuniones contaron con el quórum necesario. Es decir, Nelsonville tenía, al menos temporalmente, un gobierno de doble cilindro, totalmente ineficaz, pero oficialmente reunido.
Los asistentes se encontraron con una situación digna de una comedia de enredos. En la sala de arriba, se tomaban decisiones sobre la ciudad; en el sótano, se tomaban decisiones sobre la ciudad. Ambos Consejos se pusieron a aprobar actas y a tomar notas, creando una situación legal y administrativa tan confusa que probablemente solo un equipo de abogados especializados en derecho municipal surrealista pueda desenredar.
La ciudad, que ya tiene bastante con gestionar los problemas típicos de un pueblo pequeño, ahora se enfrenta a una crisis de identidad. ¿Qué resoluciones son válidas? ¿Quién cobra el sueldo? La única certeza es que la imagen de Nelsonville ante el mundo es la de un lugar donde los políticos están tan ocupados discutiendo quién es el jefe que se han olvidado de quién se supone que deben servir. Mientras tanto, el contribuyente medio asiste al espectáculo, preguntándose si el ayuntamiento debería empezar a cobrar entrada para estas reuniones bipartidistas.
